CITAS Y AFORISMOS
"Es una experiencia verdaderamente fascinante, te olvidas de todo, de todas las preocupaciones, de todos los problemas, toda tu atención se centra en no caerte, es un deporte en el que interviene todo el cuerpo. Produce una enorme sensación de libertad sentirse tan cerca de las rocas, de la naturaleza, de las montañas, cuando alcanzas la cima sientes tal felicidad que quieres volver a experimentar esa sensación lo más a menudo posible".
Leni Riefenstahl

lunes, 26 de julio de 2010

- ¿QUÉ ES LA MONTAÑA?











¿Qué es la montaña?
Me piden que escriba un artículo sobre la montaña. Pero, ¿qué puedo decir yo sobre ella que no haya sido dicho ya? Y más ahora, en los tiempos que corren, que por decir, me atrevería a decir, que ya no queda nada por decir. Aunque me parece que la mayoría de los que dicen, no hacen otra cosa que maldecir; por lo que deduzco que todavía tenemos mucho que decir.
Así, pensando un poco, diría que lo que hace importante a una montaña suele ser su altura. Al menos así es para los que se autodenominan montañeros. ¿Y qué demonios pueden buscar éstos en las alturas? Pues lo mismo que un piloto de Iberia. ¡Y qué se yo!
Estoy harto de cruzarme con esos estúpidos vestidos de astronautas en los albergues de cualquier pico que pase de los tres mil metros de altura. Coleccionadores de picos me gusta llamarles. Sus hazañas son importantes para ellos, solamente cuando pueden admirar la cara de sorpresa de su interlocutor tras narrarlas como grandes epopeyas o proezas. Pues sí, cara de sorpresa. Esa es la misma cara que suelo poner yo cuando me cruzo uno de estos consumidores de picos y tengo la suerte de oír sus grandes gestas, lo mucho que ha visto y lo alto que ha llegado. Me río yo de vuestra altura.
Es más, el tipo de montañero moderno, el montañero Corte Inglés, no es más que un urbanícola que, una vez disfrazado o equipado, o como guste ser llamado, se llena la mochila de barritas energéticas, geles, sopas deshidratadas, zumos super-sónicos y no se qué otros imprescindibles menesteres más y después, encima, te deja todos sus envoltorios muy bien puestos debajo de las piedras –eso los más considerados, claro-.
Estos deportistas de temporada, mañana puedes encontrarlos, perfectamente, federados en triatlón:
- No, es que ahora quiero hacer el IronMan, ¿sabes? Desde que me hice los catorze ochomiles, que se me queda corta la montaña, ¿sabes?
Pues la verdad, no tengo ni idea de lo que dices. Pero bueno:
- Ya ves, bien hecho, eres un fenómeno. Ojalá pudiera yo estar a tu altura…
Está claro que esta gente, tiene afán de superación y voluntad. Pero, a ver, se trata de superar las limitaciones de tu pequeño yo; se trata de ser capaz de vivir en harmonía con el todo, desde nosotros mismos, desde nuestro más profundo Ser; se trata de subir a las alturas para acercarse a Dios, a la Divinidad o a los Dioses; se trata de reencontrarse con uno mismo, en soledad, ante el mundo, de lograr una verdadera vivencia; de ser capaz de sentir el miedo, el dolor, el frío, el hambre, el cansancio, la fatiga; se trata de vivir la austeridad, la soledad y la grandeza. No se trata de subir cuatro mil metros en coche, dos mil en burro, mil caminando al lado de treinta sherpas que te llevan el móvil de última generación; los Gore-Tex de novecientos euros; las botas de subir, las de bajar y las de llanear; y el portátil para poder mostrar a todos lo alto que vives a tiempo real. Y por último, subir los pocos metros que te quedan para coronar tu Everest encordado a un guía tipo Swarzeneger que te vaya arrastrando a ti y a todo tu equipo de respiración asistida.
¿En qué se ha convertido el montañismo? O, lo que es peor, ¿en qué se ha convertido el hombre?
Así, sin pensar, diría que lo que hace grande a la montaña es su propia grandeza; que no su altura. Grandeza que vive en todo lo que permanece en su estado natural: en el pollito que rompe el cascarón ante la mirada atenta de su madre, la gallina, que lo guiará en sus primeros pasos hasta que todo su cuerpo esté cubierto de plumas. En la golondrina, que se posa entre las vigas de mi despacho, ante mi cabeza, y cierra sus pequeños ojos, ensimismada en un pequeño balanceo que mantendrá hasta que despunte el alba con los primeros rayos de sol. En mis tomateras, que rocío de agua cada atardecer, absorbiendo su inconfundible aroma, respirándolo, haciéndolo mío. En mi perro, Cristal, que se adormece a mi lado cada noche. O en el sonido que producen las campanas del antiguo campanar, en un compás inalterado e inalterable.
La grandeza que reviste las montañas es exactamente la misma que tapiza todo lo realmente bello. La misma que yace en las notas que dibujó Johann Strauss en su famoso Vals del Emperador; o en las curvas que diseñó Antoni Gaudí en su Casa Batlló, o en la Sagrada Família.
Los montañeros son realmente válidos cuando lo único que buscan es, desde el fondo de sus almas, reencontrarse con esa belleza que brilla por doquier, hacerla suya, poseerla o, mejor dicho, ser poseídos por ella.
Entonces sí. Cuando se busca en la montaña todo lo antedicho, cuando se busca en la vida todo lo mencionado, entonces y sólo entonces, se es digno de caminar junto a nosotros, junto a los bosques y praderas; sobre helados glaciares o bajo profundas aguas en el océano.
Lo verdaderamente importante es la pureza de intención, la voluntad de superación, el ansia de conocimiento. El anhelo de las alturas, pero también el de las profundidades. El caminar hacia uno mismo, ese uno mismo que está presente en todas las cosas, en todo lo inmutable, permanente y eterno. Alejados siempre de lo superfluo y banal, de lo perecedero, de lo moderno, de lo temporal y, cómo no, de lo mental.
¡Como la montaña desea ser el montañero! ¡Como el camino desea ser el caminante! ¡Como Dios desea ser el Hombre! ¡Sea, pues! Si ese es tu sentir, compañero, acércate, toma mi mano: llámame camarada.
Berg Heil!
A día 22 de julio de 2010
E. Sánchez C.

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