CITAS Y AFORISMOS
"Es una experiencia verdaderamente fascinante, te olvidas de todo, de todas las preocupaciones, de todos los problemas, toda tu atención se centra en no caerte, es un deporte en el que interviene todo el cuerpo. Produce una enorme sensación de libertad sentirse tan cerca de las rocas, de la naturaleza, de las montañas, cuando alcanzas la cima sientes tal felicidad que quieres volver a experimentar esa sensación lo más a menudo posible".
Leni Riefenstahl
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lunes, 13 de enero de 2014

- ALPINISMO, DEPORTE OLÍMPICO

ALPINISMO, DEPORTE OLÍMPICO
MEDALLA OLÍMPICA DE ALPINISMO

La medalla olímpica al merito en el alpinismo, himalayismo y actividades de montaña, fue un premio que ha sido galardonado en tres ocasiones, durante los Juegos Olímpicos, en 1924, 1932 y 1936,  por la excelencia, logros y empeño, durante un periodo de cuatro años, en el campo de la práctica del alpinismo. Un aspecto trágico de este premio, fue el hecho de que dos de los ganadores murieron realizando expediciones de escalada, poco antes o poco después, durante el año de su adjudicación.

La decisión de otorgar un premio por el destacado rendimiento en actividades de montaña fue propuesto y decidido en el congreso de fundación del Comité Olímpico Internacional (COI), realizado del 16 al 23 de junio de 1894 en París. Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos de la era moderna, fue siempre partidario y desde el inicio demostró su apoyo al desarrollo de esta idea.

La asignación de un premio al merito deportivo para la práctica del alpinismo, ya estaba prevista desde los primeros juegos olímpicos, pero no se otorgaron en ausencia de candidaturas en 1896, 1900, 1904 y 1908.

En los Juegos Olímpicos de Verano de 1912 en Estocolmo, el presidente del comité responsable de los nombramientos por los méritos en el alpinismo Erik Schwede Uhlen, no se atrevió a seleccionar un ganador. Entre las causas, fue el hecho de que algunos de los escaladores nominados que participaron en expediciones, fueron pagados, y esto era contrario a la Carta Olímpica. Otra de las dificultades, estaba relacionada con el hecho de poder disponer de parámetros de comparación de las varias disciplinas (escalada en hielo, nieve o roca) y problemas asociados al tener en cuenta las condiciones climáticas y las medidas de seguridad y protección, en la progresión durante la escalada, como parte de la dificultad.

Las dificultades para elegir un ganador también impidieron el premio durante los Juegos Olímpicos de verano de 1920, mientras que los juegos programados en el año 1916 no se realizaron a causa de la Primera Guerra Mundial.

El 28 de mayo 1921 se celebró una conferencia del Comité Olímpico Internacional sobre el tema del montañismo. Tres años más tarde, en 1924, el premio fue otorgado por primera vez en la Semana Internacional de Deportes de Invierno en Chamonix. En cuanto a los siguientes juegos de 1928, ninguna actuación fue considerada digna de medalla olímpica. Esto se debió principalmente al hecho de que la expedición de 1924 al monte Everest fue considerado un evento extraordinario y se consideró que significaba un difícil y alto nivel para el resto de las candidaturas.

Pierre de Coubertin, le atribuyó gran importancia a la adjudicación y quedó tremendamente decepcionado porque el premio quedara vacío en la edición de 1928, a partir de entonces se pronunció por una mayor cooperación con las asociaciones de escaladores. Posteriormente la medalla fue otorgada en los Juegos Olímpicos de Verano en 1932 y 1936 .

Después de la interrupción de los Juegos Olímpicos durante la Segunda Guerra Mundial, el alpinismo viene eliminado del programa olímpico, sin una justificación formal por parte del Comité Olímpico. La Unión Internacional de asociaciones de Montañismo y Escalada (UIAA), autoridad que unifica todas las asociaciones a nivel internacional, desde 1995, es miembro integrante del ARISF (Association of the IOC Recognised International Sports Federations) organización que integra todas las asociaciones deportivas internacionales reconocidas por el Comité Olimpico Internacional y que se declara favorable, al reconocimiento de la escalada como disciplina olímpica.

MEDALLA OLÍMPICA DE ALPINISMO

Juegos Olímpicos de Chamonix 1924

El premio fue entregado a los miembros de la primera expedición Británica en el Everest de 1922, dirigida por el general británico Charles Granville Bruce. La expedición había alcanzado una altitud de entre 8.300 y 8.500 metros. Cada uno de los 13 participantes recibieron una medalla de plata honorífica de la mano del mismo Pierre de Coubertin. Bruce que estaba preparando otra expedición al Everest no pudo estar presente en Chamonix para la ceremonia. Edward Struth hizo los honores en su lugar. Durante la ceremonia de entrega, prometió regresar a los juegos sucesivos, para recoger la medalla por conquista del Everest.

George Mallory, que participó en la expedición de 1922 y posteriormente fue seleccionado para la expedición de 1924, murió cuando intentaba escalar el Everest con Andrew Irvine.
Charles Granville Bruce debido a su gran experiencia en los Himalaya (1892 Karacorum, con William Martin Conway, 1895 Nanga Parbat con Albert F. Mummery, 1907 Trisul, con Thomas George Longstaff) fue nombrado jefe de la expedición Británica de 1924. También fue presidente del Royal Alpin Club entre 1923 y 1925. 

Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932



















El premio fue otorgado a los hermanos alemanes de Munich y estudiantes de ingeniería, Franz y Toni Schmid por su primera ascensión de la cara norte del Cervino en 1931. La merecida y sacrificada medalla les fue concedida, tras cumplir una epopeya de 34 horas en la pared de la montaña, un vivac de pie, alcanzado la cima durante una tormenta eléctrica y un descenso bajo la lluvia de más de 36 horas.

Theodor Lewald, entonces presidente del Comité Olímpico Alemán, anunció la entrega de la medalla a los dos hermanos, el último día de los Juegos. Toni Schmid nunca recibió la distinción ya que murió 75 días más tardes de los Juegos con su compañero de cordada, el 16 de mayo de 1932, escalando la parte norte-oeste de Wiesbachhorn.


Juegos Olímpicos de Berlín 1936 

La última edición del premio fue otorgada al suizo Günther Oskar Dyhrenfurth junto con su mujer Hettie Dyrenfurth, de origen judío, por los meritos durante sus dos expediciones al Himalaya en 1930 y 1934.

Ambos emprendieron dos importantes expediciones al Himalaya, en 1930/1931 la expedición al Kangchenjunga logrando varias cimas de más de 7000 metros. Recordemos que recibieron la Medalla Olímpica al mérito en Alpinismo en los juegos de Berlín de 1936, durante la época nacionalsocialista, que recogió el mismo Günther Dyhrenfurth en una recepción. 

En 1934 organizaron una nueva expedición, esta vez al Karakorum, con el objetivo de alcanzar la cima del Gashebrum I. En esta expedición,  Hettie Dyrenfurth ascendió al Sia Kangri (7.315 m), logrando un nuevo record de altitud para una mujer, hasta entonces en poder de Fanny Bullock Workman, que había ascendido al Pinnacle Peak (6930 m) en 1906. Mantuvo el record durante veinte años, hasta que Claude Kogan subió a más de 7.600 m en el Cho Oyu (a la vuelta Hettie escribió el libro Mensabb im Himalaya).

Más tarde, entre 1952 y 1986, su hijo Norman emprendería siete importantes aventuras más en el Himalaya. Su carrera culminó en el primer ascenso de una expedición americana al Monte Everest. Rodó las primeras imágenes en movimiento tomadas desde la cima y fue homenajeado por el Presidente John F. Kennedy




sábado, 11 de enero de 2014

- LA MONTAÑA DESNUDA-REINHOLD MESSNER (LA DECISIÓN)

LA DECISIÓN

Nota a la edición española
En el verano de 2005 unos lugareños encontraron en el glaciar del Diamir los restos de mi hermano Günther. Numerosos huesos, restos de  ropa, una bota. Poco después recuperamos todo y lo incineramos. La  bota, que sólo podía ser de Günther, así como algunas muestras de  tejido, recojidas de manera estrictamente profesional por el Doctor  Hipp (médico que tomó parte en el viaje), nos las trajimos. En el instituto de medicina judicial de Innsbruck se confirmó, mediante pruebas genéticas, que el fallecido era mi hermano. De este modo se sabe por fín cómo murió mi hermano –a consecuencia de una avalancha al pie del flanco del Diamir– y que todos esos reportajes sensacionalistas que decían otra cosa no eran sino campañas de difamación bien orquestadas: un triste capítulo de la historia del alpinismo.
Reinhold MESSNER,septiembre de 2006

La bengala roja
A finales de junio todo está preparado para un primer ataque a la cumbre. El equipo funciona y, en el campo base, todos esperan que no se produzcan más retrasos. Perder tiempo ahora es malgastar una oportunidad. Los cinco estamos a tal altura en la pared que me siento demasiado lejos, desamparado, en el nevero de Merkl, como perdido en el universo. Günther y yo miramos ahora constantemente hacia arriba. «Si el tiempo sigue así, no podemos vacilar», nos decimos a nosotros mismos.
El primer plan de ataque de Herrligkoffer lo superamos hace ya dos semanas. En el siguiente no hemos pensado aún. ¿Qué haremos si en dos días vuelve a caer una nevada?
Gerhard se encuentra delante de la tienda, sentado en su cochoneta. Felix y Peter hacen la comida. Günther está en la tienda. Cuando sale, tiene que cerrar los ojos ante la intensa luz. Sostengo con la mano derecha el Teleport, un aparato de radio de varios kilos de peso, y presiono el botón para establecer la comunicación. Hablo una última vez con el campo base por radio. El mismo 26 de junio, cuando no son más de las 14:00 h, se toma la decisión.
—Campo IV llamando a campo base, cambio.
—Aquí Karl desde campo base. ¿Qué tal?
Hablamos durante un buen rato: sobre el equipo que han de traernos, bombonas de oxígeno y víveres; sobre el próximo ataque a cumbre y el reparto del trabajo. Luego pasamos al tema del tiempo.
—En el oeste y en el este hay grandes bancos de nubes. Se acercan por momentos. Tenemos que darnos prisa –digo.
—El tiempo no aguantará así mucho más –responde Karl.
—Günther, Gerhard y yo queremos llegar hoy al campo V. Nos iremos de aquí cuando el sol se oculte por detrás del collado oeste, a eso de las cinco.


Posteriormente, Herrligkoffer narrará la situación vivida ese día de la siguiente manera: «La tarde del 26 de junio, Reinhold Messer se comunica por radio desde el campo IV. Quiere escalar esta misma tarde con su hermano y Gerhard Baur al campo V, que Felix Kuen y Peter Scholz habían instalado esa mañana. Dice que hay un gran frente nuboso en el sur que hace necesario tomar una decisión urgentemente.»
Impresionado ante la buena disposición de Herrligkoffer, me atrevo a hacer una propuesta:
—Si el pronóstico del tiempo es favorable, mañana alcanzaremos el corredor Merkl, hasta donde lleguemos. Si la previsión es desfavorable, quiero intentar ascender solo, todo lo que pueda. Quzás incluso hacer cumbre. De lo contrario, si se produce otro temporal, no tendremos ninguna posibilidad. En ese caso no podríamos organizar la escalada por el corredor Merkl en etapas.
A Karl le entusiasma mi propuesta. Él también sabe que, si el tiempo empeora, sólo podremos seguir adelante si actuamos con rapidez. Sin embargo, Felix Kuen se muestra muy escéptico, y se limita a transmitir a los demás lo que oye de la conversación:
—Oigo hablar a Reinhold, pero no al doctor Herrligkoffer. Si el tiempo empeora, Reinhold quiere tratar de escalar por el corredor Merkl. Según él, así lograríamos, como mínimo, dejar atrás la pared entera. Dice en voz baja que lo va a intentar solo. Quiere estar de regreso en el campo V por la noche.
Aparte de este inciso, Felix no se pronuncia. ¿Acaso mantienen Herrligkoffer y él un acuerdo tácito? Qué sé yo. Entretanto se me ocurre la idea de las bengalas.
—Karl, ¿puedes informarnos por la noche del pronóstico del tiempo con bengalas? Roja en caso de mal tiempo y verde en caso de bueno. Es que en el campo V ya no tenemos radio. Pesa demasiado.
—Buena idea, pero sólo tenemos bengalas rojas y azules –contesta Karl después de un rato.
«Eso no supone ningún problema», pienso yo.

—Bueno, entonces lo hacemos así: el rojo significa que va a hacer mal tiempo, en ese caso lo intento solo. Avanzaré hasta donde pueda, pero con la intención de volver al campo V a pasar la noche. El azul significa que el pronóstico es favorable. Avanzaremos los tres hasta la parte inferior del corredor Merkl y, en los días siguientes, los cuatro intentaremos un ataque a cumbre. Si la previsión es dudosa, lanza una bengala azul y otra roja, y ya decidiremos nosotros desde arriba lo que hacemos.
Hablamos del color de las bengalas y de su significado repetidas veces. Yo no tengo ninguna duda sobre lo acordado.
Sin muchas palabras, los tres, Gerhard, Günther y yo, nos preparamos para el ascenso. El sol ya se ha ocultado detrás del collado oeste. Las mochilas están listas. Es hora de partir.
Como si se tratara de setas, del denso mar de nubes situado a nuestros pies surgen distintas figuras. Estas formaciones se extienden a lo largo y a lo ancho. Una parece un martillo, otra es como la cabeza de un animal… Günther tose. Pero no porque esté resfriado. Con el carraspeo quiere decir que tenemos que irnos. Los tres escalamos el nevero de Merkl. Cuando son casi las ocho de la tarde nos detenemos unos minutos. Ya es de noche. Miramos impacientes hacia el campo base. Esperamos la señal acordada.
A las ocho en punto vemos subir una bengala roja. Muy abajo, en el valle, pero fácil de reconocer: ¡una bengala roja! Y sólo una. Esperamos la segunda bengala. No aparece. Todos pensamos lo mismo: el parte se muestra desfavorable. Estamos desilusionados. La solución es fácil. Queda en nuestras manos decidir qué hacer ahora. No lo pienso mucho. A lo mejor durante algunos minutos, pero luego lo tengo muy claro: hemos de adelantarnos al mal tiempo. Quiero intentar un ataque a cumbre a la mañana siguiente, solo y lo
más rápido posible. Así lo hemos acordado Karl y yo.
Los tres seguimos escalando. Poco después buscamos cobijo en la tienda, justo debajo del corredor Merkl. Es un campamento espartano, demasiado pequeño para tres hombres, el suelo está duro. De los toldos cuelga hielo.
—Mañana avanzaré hasta donde pueda –mascullo tumbado–, mientras vosotros equipáis la parte inferior del corredor.
—Pero si sólo quedan doscientos metros de cuerda, Reinhold.

—Cortadla e instaladla en los tramos más difíciles –digo.
Sólo hablamos si resulta estrictamente necesario, la tensión es enorme. En el interior de la tienda, reina un silencio excepcional. Günther y yo estamos tumbados uno al lado del otro. Gerhard se ha colocado perpendicular a nosotros, a nuestros pies. Hace frío, el ambiente es seco, y el espacio, mínimo. Dormitamos. No se puede dormir en estas condiciones. Pasamos una noche espantosa. Así no podemos recuperarnos, no tenemos ni saco de dormir ni hornillo. Además, cada vez hace más frío: unos 30 ºC bajo cero. No hay nada de beber, por lo que tenemos sed constantemente. La sensación de aislamiento absoluto sigue presente, incluso cuando me quedo transpuesto. Y cada vez que me despierto es como si mirase al vacío total: a nuestros pies, con una fuerza imponente, se extiende un único precipicio. ¡Qué abismo! Es como si estuviese suspendido en un lugar incierto entre el cielo y la tierra, a 4.000 metros sobre el campo base. Por encima de nosotros, el corredor Merkl, el punto clave que nadie conoce. Y, mucho más arriba, la cumbre. No, no hay en el mundo un lugar peor. ¡Qué vacío! Pero ¿qué estamos haciendo aquí?

La ascensión a la cumbre
A las dos de la mañana me pongo en pie en la tienda. No oí el despertador a medianoche. Estoy vestido: en las piernas llevo tres capas y de las cinco que tenía de cintura para arriba tampoco me he quitado ninguna. Ahora únicamente me falta ponerme los sobrepantalones, el calzado y mi anorak, en el que la tarde anterior me encargué de guardar lo más importante para el ataque a cumbre: una foto de la pared y una cámara Minox. Todos mis movimientos parecen estudiados, y aun así, actúo con torpeza.
Es de noche. Una luz tenue atraviesa la pared de la tienda al colocarme la linterna frontal. Soy consciente de que me espera una pared vertical: roca, hielo y, más abajo, el vacío infinito. Lo sé sin tener que asomarme afuera para comprobarlo. Sobre mi cabeza no hay más que cielo, y el de esta noche está plagado de estrellas. ¡Esto sí que es suerte!
Termino de vestirme sentado en una colchoneta de aire a medio inflar. Günther y Gerhard parecen dormidos. Cojo los crampones, el piolet y los cubreguantes. Por último guardo la pila de la lámpara frontal en el bolsillo superior de mi anorak y me deslizo por la puerta hacia el exterior. Al principio me siento apocado y en cierto modo perdido. Nuestro campamento es estrecho y hasta aquí no llega todavía el resplandor de la luna. Sin embargo, su brillo consgue acariciar los rincones más profundos del corredor Merkl. Es hora de reanudar la marcha. ¡Adelante! ¡A la cima!

Al mirar hacia arriba, por primera vez siento cómo un escalofrío me recorre la espalda y pienso que ésta va a ser la escalada más difícil de mi vida. Parece que mi mente se hubiera desdoblado en dos planos distintos de conciencia: me veo a mí mismo trepar como si fuera otra persona. Como si supiera de verdad dónde me encuentro. En la infinidad de estos casi 5.000 metros de elevado desierto vertical, los detalles pasan de repente a ser lo único importante. Supero el primer lomo rocoso. La fina nieve polvo de debajo de mis pies resbala ladera abajo por la superficie salpicada de blanco. Luego paso a encontrarme bajo el primer escalón escarpado: con cuidado me quito dos pares de guantes, los guardo en los bolsillos del anorak y comienzo a trepar. Clavo las puntas delanteras de un crampón en una pequeña muesca de la pared y me aferro a la roca con una de mis manos enguantadas de blanco. Llevo el piolet colgado de la muñeca. El golpeteo del metal contra la pared resuena en la oscuridad. ¡Extraños sonidos me acompañan esta noche!
Para realizar largos tan complicados he traído guantes de seda. Con ellos me siento seguro hasta en las rocas más difíciles. En este preciso instante me invade una profunda paz. Y por el momento apenas siento el fino aire de estas cotas. «No pienses, sigue escalando», me ordena la razón. Es como si me debatiera entre dos niveles de conciencia. Ante mí se alza otro abrupto obstáculo. No parece fácil. Lo cierto es que pinta más complicado de lo que en realidad es: cuarto grado de dificultad, o lo que es lo mismo, un tramo delicado de escalada en roca, pero tranquilamente factible en solitario. Sigo avanzando seguro, raudo.
¿Alcanzaré pronto la mitad del corredor Merkl? En todo caso voy confiado. Pero no miro abajo. ¿Para qué? Desde que he encontrado mi ritmo me siento como siempre en la montaña: yo mismo. Parece que el terreno se abarca bien con la vista y que es posible atravesarlo. ¡Entonces adelante! Así tampoco perderé temperatura corporal. Soy alpinista, confío en cada uno de mis pasos.

La luna se ha movido. Ahora mi propia sombra remonta conmigo una pendiente de nieve. Apenas me detengo, trepo sin parar. Hacia arriba y sin rodeos. De nuevo se alza ante mí un precipicio desplomado: el fondo del corredor está helado. La salida, que se encuentra en el extremo superior del obstáculo, está llena de nieve polvo. Con este tosco calzado y a esta altitud –lo tengo muy claro– semejante paso se vuelve demasiado peligroso. ¡No, es imposible! Es evidente que no se puede destrepar por ahí. ¿Habré subido demasiado? Sí, así que toca dar media vuelta, he de hallar una salida más abajo. El corredor me apresa entre sus flancos como una chimenea.
Estoy decidido a descender un tramo e intentarlo más a la derecha. Espero así poder avanzar por la pared derecha del corredor. Pero no, ahí tampoco se puede continuar. Cuando estoy a punto de rendirme y regresar al campo V, descubro otra posibilidad, una última salida: una abrupta rampa que se eleva hacia la derecha.
¡Sí, ésta es mi última esperanza! ¡La única oportunidad que me queda! El terreno es más fácil de lo que pensaba, puede que un tercer grado de dificultad, y únicamente algunas partes de la roca están tapizadas de hielo; la nieve sólo cubre las presas horizontales.
Esta pendiente no es precisamente corta. Mínimo dos largos, no tiene pérdida, será fácil encontrarla durante el descenso.
Así es como supero la escarpadura más difícil del corredor Merkl. De repente vuelvo a sentirme seguro, tan seguro de mí mismo como lo estaría en una ruta en los Alpes.

Dos mundos, un objetivo
Herrligkoffer: «El 27 de junio hacia las 6:10 h veo sobre un campo de hielo a media altura del corredor Merkl un punto negro que avanza hacia arriba relativamente deprisa. A los veinte minutos vuelve a desaparecer de nuestro campo de visión.»
Pronto alcanzaré los 7.800 metros de altitud. A la izquierda, muy por encima de mí, distingo una brecha. ¿Terminará ahí el corredor? Eso significa que pronto llegaré arriba, al final del couloir. Sólo queda un último
obstáculo, un último resalte nevado antes de alcanzar la rampa que pasa por debajo del hombro sur y desemboca en la arista sureste.
Nada puede detenerme, a pesar de estar escalando completamente solo en el rincón más remoto del planeta. No, nunca antes había corrido un riesgo semejante. ¡Este inmenso vacío que se abre a mis pies! ¡Y esta inestabilidad! Basta con una mirada hacia el horizonte para que las dimensiones se difuminen en las sombras nocturnas del suelo del valle. Sin embargo, cuando alzo la vista buscando la claridad diáfana del alba mientras escalo, tengo la impresión de que este mundo no está unido a la Tierra. Puede que falten unos 300 metros más hasta la cumbre. ¡Nada en comparación con los 4.200 que ya he superado! Recupero la esperanza. Y la confianza. Este último asalto, el trapecio somital del Nanga Parbat, se me antoja en estos momentos como una montaña independiente, una pirámide en suspensión: una isla sobre las nubes.

La decisión de Günther
Ha subido la temperatura, se podría decir que hasta hace calor, y la solana casi me agobia más que el fino aire.
Subo una rampa en diagonal hacia la derecha. Me cuesta abrir huella. ¡Estoy en ello desde hace horas! Mi ritmo ya no es igual que el de esta mañana. Es un trabajo agotador. No obstante, la radiación me consume aún más si cabe. La temperatura es de bajo cero, pero los rayos me perforan como si los concentrara un vidrio focal. Cada dos por tres me paro para descansar apoyándome en el piolet clavado en el muro. Durante las pausas suelo mirar hacia atrás con el fin de memorizar el camino. Para el descenso. De repente me giro extrañado. ¿Me sigue alguien? Sí, veo a un hombre que avanza un poco más abajo. Pero ¿quién? ¡Es Günther! Sin duda. Trepa con seguridad y rapidez. Como si quisiera recuperar el tiempo perdido.
Vuelvo a mirar hacia él. Estoy confundido. Espero. Günther llega por fin y se coloca a mi lado. Tiene la respiración acelerada.
—¿Cómo has encontrado el camino? –me limito a preguntarle.
—Por tus huellas. Y, por lo demás, la ruta es lógica.
—¿Y qué me dices del gran obstáculo?
—Ahí no queda otra posibilidad más que la rampa.
—¿Habéis equipado?
—Sólo hemos empezado.
No hablamos mucho. Günther ha atravesado en menos de cuatro horas todo el corredor Merkl: casi seiscientos metros de altura. ¡Y a semejante cota! No, no cabe duda de que proseguiremos los dos
juntos. «Somos un equipo y pronto pisaremos la cumbre», pienso.
—¿Dónde está Gerhard? –pregunto.
—Se ha dado la vuelta, le dolía la garganta.

Así emprendemos la gran travesía que nos llevará hacia la derecha, pasando por debajo del hombro sur y hasta la arista sureste. Escalamos uno detrás del otro.
Ya está bien entrada la mañana. Trepamos despacio, uno abre huella mientras que el otro descansa. Constantemente escalamos tramos de roca nevada. A menudo nos detenemos. ¡Lo mínimo para recuperar el resuello! Las pausas se alargan cada vez más, debido al calor y a que tenemos que dedicar tiempo a buscar la mejor vía posible. No queremos más que descansar. Hay una fuerza que nos obliga a parar una y otra vez. Pero aun así, no nos planteamos dar media vuelta. Nuestra montaña está ahora envuelta en un manto de nubes, aunque el sol a veces lo traspasa. La niebla juega a acorralarnos y merodea por nuestros pies. En ocasiones, cuando el espeso telón se abre, llegamos a ver la oscuridad del valle de Rupal, aunque sin poder reconocer el campo base. ¡Está demasiado lejos! Pienso que ellos tampoco nos podrán ver desde ahí abajo.
Cruzamos a paso de tortuga los campos de hielo y nieve situados bajo el hombro sur. A escasa distancia de nuestros pies la pared se desploma vertical. Ya no somos conscientes de que este flanco es único en la Tierra. Nos limitamos a continuar, en dirección a la cumbre. ¡Adelante! ¡Más arriba! Una hora sólo nos da para cubrir un tramo irrisorio. La nieve es blanda y profunda. Resplandece. Para colmo, el sol nos abrasa la espalda, ya que logra atravesar la capa de niebla y proyectarse en ángulo recto sobre la pared.
¡La radiación es el mayor inconveniente ahora! Nos desgasta, adormila y vuelve apáticos. ¡Qué calor! Como si la gran altura sólo fuera un factor más que contribuyera a nuestro letargo, durante las pausas encorvamos el cuerpo en la pendiente de nieve. Lo que no podemos es cobijarnos. ¡En ninguna parte! De vez en cuando, uno de nosotros se detiene, lanza una palabra de ánimo al otro y sigue escalando. Nos entendemos a la perfección. Incluso sin hablar mucho.
Acto seguido, el otro se iza de golpe y reanuda el ascenso, aunque sea a ritmo pesado.
He dado dos pasos y ya necesito volver a apoyarme desfallecido sobre el piolet. Subimos atravesando a la derecha. Por último nos obligamos a remontar una abrupta vertiente de nieve, ascendiendo en línea recta. Infinitamente lejos, infinitamente despacio. Por fin nos acercamos a un collado de la arista. Günther dispone la cámara: apunta arriba y abajo. Yo también hago algunas instantáneas. Entre ésas estará la última foto de Günther. En ella se le ve durante la ascensión, saliendo de la pared de roca y hielo más alta del planeta.
Günther se detiene en la arista. Me hace señas emocionado. Grita algo. Pero ¿qué? ¡Me cuenta que ve la cumbre, que ya estamos llegando! No oigo sus palabras, pero sé lo que quiere decirme.
Avanzo por sus huellas. Los dos pisamos ahora la cresta de la arista. Estamos entre dos mundos. Por fin tenemos la certeza de que vamos a hollar la cima. En este instante la razón y las emociones no dan cabida a pensamientos profundos. ¡A nuestros pies se extiende la pared de Rupal, no nos separan ni 100 metros de la meta!

Tenemos que alcanzarla, los dos, basta con llegar hasta ahí. Mientras tanto no hay lugar para los miedos, no existen ni el ayer ni el mañana. Tan sólo la cumbre y nosotros. Esta primera impresión al salir de la pared sur es para mí el instante más poderoso de nuestra expedición al Nanga Parbat. Todo parece tan irreal… ¡Qué silencio!
Y Günther a mi lado.
Inmediatamente debajo de la arista, a la derecha, se ven la Meseta y el Collado de Plata. ¡Se me antojan tan cercanos, al alcance de la mano! También el Rakhiot Peak. En el circo sureste de debajo de nosotros late el manto de nubes. Pienso en Buhl, visualizo su camino en mi cabeza, sigo su huella con la mirada, primero en la ascensión y después en el descenso. También me acuerdo de Aschenbrenner y Schneider, del genial escalador de altura tirolés Erwin Schneider, de Rebitsch y de muchos otros, también de los jefes de expedición que nunca llegaron tan alto. Günther y yo cruzamos algunos comentarios sobre Merkl y Welzenbach. Es como si estuvieran aquí, a nuestro lado.
Delante de nuestros ojos emerge una arista arqueada, el punto más elevado. ¡Sí, es la cumbre! Pero poco tiene que ver con una pirámide de nieve. A su izquierda se encuentra el hombro sur, una espalda rocosa nevada.
Cuando las ráfagas de niebla se interponen entre nosotros y la cumbre, tengo la sensación de que aumenta la distancia que nos queda hasta llegar, pero es sólo en apariencia.
Avanzamos lentos pero seguros. Primero sobre nieve polvo, luego por recios lomos desdibujados por el viento. El terreno es ahora plano, su escalada no presenta dificultades técnicas. La superficie de la nieve deslumbra, parece que toda la zona fuera lisa. No obstante, sigue habiendo toscas pendientes. Constantemente tropezamos en agujeros que no habíamos visto, ya que con la luz difusa de esta leve bruma no podemos distinguir las irregularidades del suelo. Muchas veces doy pasos en el vacío. Palpo inseguro la capa nívea sobre la que avanzo. A cada paso. Tanteo con el piolet y las botas hasta encontrar un punto de apoyo firme. El proceso se repite una y otra vez.
Günther pisa ahora un campo de nieve. Yo me encuentro a su lado. Hablamos mientras la niebla revolotea inquieta por la cima. En el suelo, puros canales y sastrugis; en el aire, cristales de nieve. ¡Qué magia! El polvo de nieve, que es arrastrado por el viento, vuela rozando el lomo de la montaña.
¿Serán los espíritus del aire los responsables de todo este movimiento? Günther permanece de pie, ocupado con la cámara. Su piolet está clavado en la nieve. Yo sigo escalando, dejo atrás el hombro sur. Las rachas de nieve chocan sobre los sastrugis ante mis ojos.

El viento silba. Günther dispara, cierra el aparato y, al sacar los guantes del bolsillo, roza el piolet con el puño accidentalmente. Pero no, el pico no se cae. Mi hermano vuelve a ponerse los guantes sin prisa. Están cubiertos de nieve, helados, rígidos. A continuación levanta el piolet con la mano derecha y reanuda la marcha. Mientras anda, la cámara se le bambolea sobre el pecho. A cada paso que da, el viento
levanta parte del polvo de nieve que queda suelto bajo sus botas. Lo arrastra consigo. Ahora lo único que me importa es seguir. No me consiento distracciones. Tan sólo cuando alcanzo la brecha situada
entre las cumbres sur y principal me entran ganas de descansar y pararme a observar.
Günther se detiene cada vez con más frecuencia. Para reposar o hacer fotos. La verdad es que lleva una gran cámara –formato seis por seis– y varios carretes en color.
Tengo los ojos puestos en la última punta, la arista cimera que se alza ante mí. Por encima sólo queda el cielo. «Unos minutos», pienso, así de breve me imagino el último filo de la arista. De momento llevo escalando media hora desde que dejé el collado. ¿O quizá más? ¡Pero qué significan el tiempo y el espacio a esta altura!
Aquí ya nada vale, no rige ninguna de las leyes que conocemos. Estamos flotando a miles de metros por encima de los valles y nos sentimos a la vez tan pesados. Aquí, tan lejos de la Tierra y tan distantes de nosotros mismos.

En la cumbre
De repente es como si se extinguiera toda mi curiosidad: me encuentro arriba, sobre una última loma de neviza. ¡Es la cumbre del Nanga Parbat! Echo un vistazo a mi alrededor. No, aquí las cosas no suceden como en los cuentos. Me siento desfallecido y no hay mucho que ver. Estoy ahí y no sé muy bien por qué. Mi capacidad de percepción reacciona a cámara lenta; sufro un parón de los sentidos al límite de la lentitud.
Günther está sentado más abajo sacando fotos. Luego se va acercando poco a poco. Por fin me alcanza, ahora los dos nos hallamos en lo más alto. Se quita los guantes y extiende su mano hacia mí. Dos palmas frías se abrazan. El hecho de haber llegado juntos hasta aquí nos llena de satisfacción, a pesar del cansancio y el letargo. Sentimos una especie de alegría.
El hecho de que Günther estuviera a mi lado hace que esta hora sobre la cima sea hoy tan valiosa para mí. En mi recuerdo continúa siendo hermosa a pesar de la cotidianeidad del momento. Aún veo sus ojos, igual que entonces. No sé por qué, él también se había quitado las gafas. Ninguno de los dos pensó en la ceguera de las nieves. Como nunca antes habíamos pisado  la cumbre de un ochomil, seguimos el ritual que nos había acompañado miles de veces en otras montañas: apretón de manos, des cansar, contemplar el panorama. Me sorprendió que Günther me felicitara con una palmada en el hombro.
¿Si le dije algo? No, ya no me acuerdo. Nos sacamos fotos mutuamente, disfrutamos de la vista. Sí, teníamos que descender. Puede que permaneciéramos allí una hora. Aunque ya se había hecho tarde. ¿Quizás demasiado tarde?


Cuando nos decidimos a partir, intento ponerme mis grandes guantes noruegos. Pero el hielo los ha congelado. Están tan tiesos que ya no consigo calzarlos sobre las otras capas. Como llevo un par de reserva, dejo los dos ya inservibles, amalgama de fieltro, hielo y nieve, sobre las primeras rocas al oeste del trapecio somital. A continuación coloco algunas piedras encima. Así, sin más. De esta forma queda para la posteridad nuestra firma. Esta figura pétrea sobre la cima del Nanga Parbat es una especie de símbolo. Pero ¿de qué? Ni siquiera lo sabemos. Günther se ríe de mi ocurrencia. ¡Un hito! «¿Para qué?» está pensando realmente. La tormenta pronto lo derribará.
De Buhl tampoco queda nada aquí. Descendemos. Muy despacio. Pero antes miramos una vez hacia atrás.
Esa noche no sabía que mis manoplas se convertirían en un indicio, en la evidencia de nuestro paso por la cima. Yo sólo sabía que la gente importante quiere que todo se demuestre con pruebas. Felix y Peter encontrarían los guantes al día siguiente –puede que pensaran que era sólo un trozo de fieltro–, pero no los relacionan directamente con nosotros. Ésta es la razón por la que posteriormente hubo gente que puso en duda nuestra ascensión a la cumbre. También porque todas las fotos que hicimos arriba se perdieron. Si hoy les dijera a todas esas personas que nuestra presencia en la cima se selló con un apretón de manos, una palmada en el hombro y nuestra sonrisa, seguirían ignorando mis explicaciones y exigiendo imágenes.


Comienza el descenso
Lentamente bajamos de la cumbre. Hay un frente nuboso en el oeste y el crepúsculo tiñe el firmamento. Günther me sigue como puede. Sobre la huella del ascenso se ha depositado nieve fresca, de la ventisca. Mi hermano se queda cada vez más rezagado.
Ahora me doy cuenta de que se encuentra muy cansado. ¿Sobreesfuerzo? Pasó un día entero escalando hasta alcanzarme. ¿Le habrá afectado el mal de altura? En mi opinión, la subida por el corredor Merkl en menos de cuatro horas se hace notar. Es imposible calcular cuándo llegará a su límite.
Me detengo en la brecha que separa el hombro sur de la arista. Espero. Günther viene hacia mí y señala a la derecha con el piolet. ¿Querrá descender hacia el oeste? En un principio no entiendo su propuesta. Luego le indico con señas que no me agrada la idea. ¿Pretende que bajemos por la vertiente Diamir?
—No, no podemos – digo.
—Es más fácil por ahí –me da a entender con gestos.
—Tenemos que descender, pero por donde hemos subido
–Me esfuerzo por ocultar mi preocupación.
—Demasiado difícil –replica Günther.
—¡Pero si hemos subido por el corredor Merkl!
—Estoy hecho polvo.
—Mañana estaremos aún más cansados. Tenemos que descender un poco más antes de que se haga de noche.

—Pero no por donde hemos subido. Hay que encontrar una vía más sencilla.
No, no le digo «tienes que…»
Quizás debería haberlo formulado así.
¡Sería tan fácil ahora quedarnos sentados aquí, donde estamos! Pero Günther tampoco quiere eso. No piensa que vengan a ayudarnos mañana.
De lo contrario hubiéramos podido esperar.
Me viene a la cabeza la bengala roja. Pronto empeorará el tiempo. Eso significa que tenemos que marcharnos, y rápido. Sólo sé que es preciso bajar, sea por el camino que sea. Me pregunto dónde podremos vivaquear y dónde se nos podría ver mejor desde el corredor Merkl. Günther sigue empeñado en buscar una vía de descenso a la derecha de la arista.
—Por ahí, hacia el oeste, tampoco es fácil –intento disuadirle.
—Pero sí más fácil.
—¿Y mañana qué?
—Puede que más abajo, en la brecha de Merkl, podamos volver a atravesar hasta el corredor. Si no, tendremos que pedir una cuerda. Los otros equiparán el corredor.
Nosotros carecemos de cuerda porque partimos en solitario desde el campo V, tanto Günther como yo. Estamos en un buen aprieto.
Saco del bolsillo una arrugada fotografía en color de la vertiente Rupal que me había guardado como ayuda para orientarme. Por si las moscas. Según esta imagen es posible atravesar de la brecha al corredor Merkl. Al menos teóricamente. Así que en marcha.
En ese momento no soy consciente de la trascendencia de esta decisión. Ignorantes, descendemos, vemos en esta opción nuestra única posibilidad. Bajar por la pared de Rupal es demasiado peligroso teniendo en cuenta el estado de Günther y, además, se hará de noche en breve. La situación nos obliga a buscar una alternativa tramo a tramo. Al principio no veo otra salida. La idea es descender a la brecha situada en el extremo superior del corredor Merkl por la cara Diamir, un flanco más sencillo. No digo que haya que descartar automáticamente otras vías. Lo que sucede es que la cara oeste empieza a parecernos el camino más lógico. En ese momento no nos planteamos analizar una tercera ruta, además de que a 8.000 metros de altitud uno no puede pararse a buscar vías. El descenso por la vertiente Diamir lo decidirá todo. Ahora lo único que importa es sobrevivir. Así es como comienza nuestra odisea en el Nanga Parbat.
Drama que terminaría en tragedia, lo cual no significa que la decisión de arriesgarnos a bajar por una ruta incierta fuera insensata. Dadas las circunstancias, ésa era la única salida a nuestra situación crítica. Al menos en su momento.



Descendemos por una rampa oblicua. Despacio. Nos enfrentamos a cortos y escarpados escalones rocosos y corredores de nieve. La mayoría del tiempo trepamos a gatas, con el rostro contra la pared. Otras veces podemos desplazarnos erguidos, mirando hacia el valle. ¡Ése es nuestro destino!
Después de más de una hora, alcanzamos una comba plana cubierta de neviza al pie del rocoso diedro cimero. Vamos mal. Hemos bajado demasiado: nos encontramos bastante más hacia el oeste, por debajo de la brecha de Merkl, así que toca subir de nuevo y remontar una pendiente de nieve. Me adelanto e intento buscar en la parte superior de la brecha un lugar donde podamos vivaquear. Günther viene detrás. Avanza muy lentamente. Supone para él un esfuerzo titánico. El terreno no es muy empinado, a lo sumo como una pendiente de esquí. Sin embargo, se detiene cada dos por tres. Descansa. Luego vuelve a dar un paso. Reanuda la marcha.
Desde hace horas nos movemos en la zona de la muerte, en la frontera entre el resistir y el morir. No obstante, todavía no somos conscientes del peligro que corren nuestras vidas: estamos extenuados, deshidratados y tenemos hambre. Nos sentimos bastante angustiados, pero aún conservamos un ápice de esperanza. Lo lograremos sea como sea. Tengo claro que el tramo más complicado del descenso aún está por llegar. Independientemente del camino que elijamos. Pero ahora mi mayor preocupación es Günther. ¿Podrá resistir esta noche? ¿Al raso? ¿A esta altitud? ¿Expuesto al frío? La ayuda queda muy lejos. El suelo del valle se ve tan oscuro desde aquí arriba… Tengo la impresión de estar en otra dimensión.

Vivac
He encontrado una comba y me parece un buen lugar para vivaquear. Usando la bota izquierda a modo de pala, aparto nieve hacia un lado. Las rocas de arriba sobresalen ligeramente. Me arrodillo y peleo un rato con las correas de los crampones. Es toda una odisea intentar quitárselos con los dedos ateridos por el frío.
Al momento llega Günther. Le muestro el sitio. Hay incluso un banco de nieve para sentarse. Nos descalzamos y envolvemos nuestros pies con una manta térmica: fina lámina revestida de aluminio, pensada para atrapar la temperatura corporal. Acto seguido introducimos de nuevo los pies en los botines interiores y las carcasas. Luego nos calzamos los cubrebotas, que utilizamos como aislante, en contacto directo con el suelo. Esperamos dominados por el tedio y al mismo tiempo con la sensación de que fuera a suceder algo inesperado. El frío ya no se puede medir en grados bajo cero –¿habra -30 ºC o -40 ºC?–, es sencillamente letal. Todo el tiempo nos recordamos el uno al otro que hay que mover los dedos.
Pronto somos víctimas de la hipotermia. Temblamos de pies a cabeza. Tan sólo la mente maneja esta situación de espera. Ahora un componente irreal y fantasmagórico impregna nuestra existencia. Nos hemos cubierto también el resto del cuerpo con el material aislante y aguardamos agazapados y encorvados en el vivac. Las horas pasan. No estamos ni vivos ni muertos. Nos asedia un frío espantoso.
La baja temperatura es mortífera y viene acompañada de rachas de viento y tormenta. Permanecemos sentados uno al lado del otro, completamente aletargados. ¿Habrán pasado tres, cuatro, cinco horas? No lo sé. Es insoportable. Sin embargo, el ambiente gélido hace que el tiempo hasta medianoche transcurra más deprisa.
—Reinhold, dame la manta –suplica mi hermano.
—¿Qué manta?
—La que está ahí, en el suelo.
—Ahí no hay ninguna manta.
Günther sufre alucinaciones.
—Dame la manta –repite a la vez que hace el amago de agarrar algo. Ejecuta el mismo ritual una y otra vez. Durante horas.
—Estás loco, ahí no hay ninguna manta.
—¿Qué? –Günther vuelve a extender la mano hacia el suelo.
—Cuando todo pase, te lo explicaré todo –y añado–: ¿Aún sientes los dedos de los pies?
—No lo sé.
—Tienes que moverlos.

La temperatura es muy baja: 30 ºC bajo cero, puede que menos. A esto se suma un viento glacial. El frío nos atraviesa de arriba abajo, como un dolor imposible de localizar. Las ráfagas silban al rozar las rocas.
Oímos el revoloteo de la nieve en movimiento alrededor de las aristas y el crujido del hielo. También vemos las estrellas, que brillan con intensidad. Como desde cualquier punto del universo.
Nos acurrucamos cada vez más el uno contra el otro.
La manta térmica es tan hermética que el aire no puede atravesarla. Pero tenemos la cabeza expuesta, sólo llevamos encima nuestros gorros. Aparte de esto no disponemos de abrigo de ningún tipo.
Nos limitamos a esperar, a aguardar la llegada de la mañana. Nada más. Ya no hablamos, no hacemos planes, pensamos poco. Cuando hace tanto frío no se puede discurrir. De lo que estoy seguro es de que al morir se entra en calor. Por el contrario, aquí rondan los 40 ºC bajo cero. La cifra exacta es lo de menos. Únicamente viviremos mientras podamos movilizar reservas de energía para combatir la baja temperatura. Sí, hace una noche inhumana, de ésas en que la absoluta desesperación ofusca los sentidos. Los que no tienen ni idea de escalada han de saber que a semejante altitud, en la zona de la muerte, el frío es mucho peor que en el Cervino. Por la escasez de oxígeno. Además, el viento agrava infinitamente la situación. Tanto frío es inimaginable. Y lo terrible es que no podemos hacer nada al respecto.
Movemos los dedos sin cesar. Sin embargo, ya no los sentimos, sólo percibimos el dolor y el miedo.
De repente Günther se levanta y se va. ¿Qué le pasa? ¿Adónde quiere ir? Empieza a caminar pesadamente en círculo, quejumbroso. No es de día, pero ya hay claridad. Uno ya se puede orientar.
El estado de mi hermano me preocupa, pero él no dice nada. Por eso, hacia las seis de la mañana, me pongo a pedir socorro a grtos. Desde la brecha situada al este del vivac, puedo divisar el corredor Merkl. A mis pies cae una abrupta pared blindada de nieve. Da miedo mirar hacia el vacío. Espero que los demás me oigan y pueda comunicarme con ellos a gritos. Con cualquiera. Se me ocurre que puede haber alguien en el campo V.

Cuando regreso al vivac intento mostrarme optimista. Como si aún hubiera esperanzas. Consuelo a Günther con una serenidad que hasta a mí mismo me sorprende. Pero sé que sin ayuda no hay nada que hacer.
He vuelto a avanzar un poco más en dirección al corredor. Estoy a unos cincuenta metros de nuestro campamento y me asomo al precipicio. Reconozco una línea cien metros más abajo: nuestra huella del día anterior. Es imposible o al menos muy difícil llegar hasta ahí desde mi posición. No, sin cuerda es impensable. La nieve suelta se adhiere a la superficie de las rocas descompuestas, y el terreno que hay bajo mis pies cae en vertical. Este paso es demasiado arriesgado para Günther teniendo en cuenta su estado.
También para mí. Me aferro a la roca con una mano, miro hacia abajo y grito. Pido auxilio en intervalos de varios minutos. No obtengo respuesta. Sólo se oye el viento y el silencio. Estoy afónico, al borde de la asfixia, y se apodera de mí una sensación de impotencia. Siento cómo se desvanecen la poca energía y la esperanza que me quedan.
Sin embargo, no puedo dejar que Günther lo note. Sufre alucinaciones. Sus movimientos son aún más lentos que los míos y se comporta de un modo irracional. Necesita parar a descansar a cada momento. En una mezcla de curiosidad y horror, descubro cómo mi yo se divide. Entre la existencia y la voluntad de continuar surge de repente la sensación de que la cordura me traiciona.
Nuestro estado era el de unos pacientes bajo el efecto de narcóticos. La literatura del Himalaya está repleta de relatos  de casos de comportamiento extraño atribuido a la falta de oxígeno y al agotamiento. Sin embargo, ya era demasiado tarde para actuar al respecto. La única redención se encontraba abajo.


No hay salvación
Vuelvo a asomarme al vacío desde el promontorio. Avanzo un poco más, me sujeto a la roca con una mano y grito hacia el corredor Merkl.
—¡Auxilio! ¡Necesitamos una cuerda!
Pido socorro durante dos horas, interrumpidas por algunas pausas. Una y otra vez. En vano. Ni rastro de gente. Dejo de gritar y vuelvo con Günther.
—Tienen que haberme oído –digo.
—¿Con este viento? –responde mi hermano
No hablamos mucho más. Regreso otra vez al lugar desde el que se divisa la vertiente Rupal. ¡De repente veo a alguien! Abajo, en el corredor Merkl, distingo dos pequeñas siluetas. Es obvio que se van acercando, están subiendo. Me creo que nos están buscando, así que continúo pidiendo auxilio. Pero nadie contesta. Sí, las dos mínimas figuras siguen avanzando. No cabe duda.
—¡Socorro! –grito de nuevo.
Convencido de que escalan con el único fin de rescatarnos,
regreso al vivac.
—¡Günther, que vienen! –exclamo.
—¿Dónde?
—Por la mitad del corredor Merkl.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—¿Cuántos?
—Dos.
—¡Por fin!
Günther vuelve a ponerse en pie, con torpeza, inquieto, tambaleándose.
De nuevo en el mirador, puedo reconocer a los dos escaladores. Son Felix y Peter. Avanzan asegurándose mutuamente. Peter se enfrenta a la última sección rocosa del corredor Merkl y deja que la cuerda deslice por su piolet. Felix encabeza la cordada. Lo identifico por la forma de moverse.
—¡Hola! –exclamo y añado–: ¡Una cuerda!
Felix se queda parado y alza la vista hacia mí. Tienen que haber oído nuestros gritos de socorro. De lo contrario no hubieran llegado hasta aquí, creo yo. Aún convencido de que los dos han venido por nosotros, les indico con señas que queremos descender.
—¿Llegasteis a la cumbre? – son las únicas palabras de Felix que logro entender con claridad. La comunicación se hace difícil por culpa de las ráfagas.
—Sí –voceo.
Hacemos un intento de hablar a voces. Pero no entiendo todo.
Hace mucho viento aquí en la brecha.
Felix continúa escalando, precisamente por nuestras huellas del día anterior, que son fáciles de reconocer desde aquí. Avanza en dirección a la brecha en la que le estoy esperando.
Consigue aproximarse un poco más. ¡Y cuánto me alegro! No obstante, aún nos separa una distancia de ochenta a cien metros. ¿Qué hago? Yo no puedo ir a su encuentro y hacerme con la cuerda que lleva. Sobre la estrecha vira que soporta mi peso, con los dedos entumecidos anudo algunos trozos de cordino que tengo sueltos en el bolsillo. Juntos llegan a medir entre cinco y seis metros. ¡Es muy poco!
El cordino, pensado para casos de emergencia, no alcanza ni con mucho para atarlo a la cuerda de Felix y poder tirar así de ésta hacia mí. Entonces ¿cómo voy a asegurarle en los últimos metros? El tramo final de pared previo a la brecha parece complicadísimo. Es vertical. Desde mi posición da la impresión de ser impracticable. Pero un pasaje suele mostrarse más fácil desde abajo que desde arriba, así que espero hasta ver la reacción de Felix.
De repente, éste comienza a atravesar a la derecha, como si hubiera cambiado de opinión. ¿Será el escalón demasiado escarpado?
Es en este instante cuando me doy cuenta de que Felix se dirige a la cima. No, no había contado con eso. Me deja de piedra. ¿Qué vamos a hacer sin cuerda? Enseguida me queda claro que he de cambiar la estrategia. «¡Hola!» vuelvo a gritar al momento.
Felix me oye y se detiene. Levanta la vista para mirarme, reptiendo el gesto varias veces. Me pregunto cómo podría convencerlo de que viniera hasta mí. ¿O a lo mejor está buscando un desvío escalable para llegar aquí? ¡Ojalá pudiéramos comunicarnos mejor! «También podéis ir a la cumbre por aquí», intento explicarle.
Es el camino directo, que bordea por la izquierda el hombro sur, por donde hemos bajado. Al poco vuelvo a insistir: «Por aquí se llega antes.» Parece que Felix lo ha captado. No obstante, continúa avanzando.
Es evidente que Felix Kuen entendió mis indicaciones de forma muy distinta de como yo pensaba. Posteriormente se constataría que hubo un malentendido. Sí que se dirigió a la cumbre contorneando el hombro sur por la izquierda, una ruta aún más directa, pero no pasó por la brecha en la que yo me encontraba.


¡Todo ha sido en balde! Ni pidiéndole que escalaran hacia nosotros ni describiéndole una variante más rápida para atacar la cumbre hemos tenido acceso a la cuerda de Felix y Peter. Sólo la habríamos necesitado para el descenso en dirección al corredor Merkl. Únicamente tendríamos que haber rapelado una vez. Pienso que Felix y Peter podrían haber seguido perfectamente hacia la cumbre desde nuestro emplazamiento. Estamos atrapados en una situación desesperada. Intento buscar argumentos para no perder la calma.
No sólo nos separaba una distancia física considerable, sino que, además, ninguno de nosotros se encontraba en plena posesión de sus facultades. Por tanto, los intentos de comunicación fracasaron.
Kuen se referiría con estas palabras a lo que sucedió: «Veía a alguien que estaba a más altura. Se asomaba de vez en cuando por la arista situada entre la brecha de Merkl y la cima sur; hacía señas, parecía que estaba gritando algo. Yo no entendía nada, el viento bufaba con tal intensidad sobre la arista que me fue imposible, o quizás era el latido intenso de la sangre en mis oídos.»
Ahora estoy convencido de que Felix y Peter obedecen órdenes. Sin embargo, también tienen que ver que Günther y yo nos encontramos en un callejón sin salida.» ¿Todo bien?» es lo único que Felix entendió de todo lo que yo dije. Sin cuerda estamos perdidos. No, aun así, saldremos de ésta.
Kuen narraría posteriormente lo sucedido: «Cuando avancé hasta quedar a unos cien metros de ese alguien, logré reconocerle.
¡Se trataba de Reinhold Messner! Me detuve. Mientras tanto, Peter Scholz, mi segundo de cordada, andaba otra vez ocupado con sus crampones.»
Contesto afirmativamente cuando nos grita un «¿estáis bien?». «Sí, todo bien, Felix», respondo para no levantar preocupaciones.

A la pregunta de si nos encontramos bien sólo puede seguir una respuesta de ese tipo. En la zona de la muerte el concepto de salud es relativo.
Kuen: «Había llegado al borde del desfallecimiento, pero no quería rendirme ante la cumbre. Por eso tomé una pastilla de pervtina, que pronto me hizo recuperar las fuerzas.»
Sí, sí, estábamos bien. Llevaba tres horas pidiendo auxilio porque necesitábamos una cuerda.
Aparte de esto, ningún problema. Puede que dejara caer un «por lo demás». «Por lo demás, todo bien». Ya no me acuerdo con exactitud. Sea como fuere, ésa era mi intención.
Estaba tan convencido de que los dos habían venido exclusivamente en nuestra búsqueda, que sólo pensaba en cómo podría asegurarles en el tramo de ascenso hasta donde yo estaba. En nada más. Eso explica el cordino y mi «todo bien». Pero el terreno era demasiado escarpado. Entonces me di cuenta de que los dos querían ir hasta la cumbre. Igual que nosotros el día anterior.
¿Cómo vamos a descender ahora? La confusión me paraliza. Sé que Felix y Peter sólo nos podrán ayudar
cuando desciendan.
«No, no», me digo a mí mismo, «este trozo de pared es inexpugnable desde abajo». Desde aquí no se aprecia con claridad; si no, Felix y Peter hubieran dado el rodeo hasta aquí. El tramo es muy arriesgado. Demasiado. Incluso para buenos escaladores como ellos. No, no puede ser. De lo contrario estaríamos todos perdidos. Los cuatro.
Kuen: «Hubiera sido imposible salvar la distancia que nos separaba. Desde mi posición, la arista se presentaba acornisada. A una cota de 7.900 metros un largo así es sinónimo de suicidio. Quien se despeña a ese nivel sólo puede aspirar a una caída libre de miles de metros.»
Felix prosigue. Al principio lo asimilo. Pienso que no me ha oído bien. O puede que esté aturdido por la altitud. Peter parece totalmente indiferente a todo.
Cuando Felix mira hacia mí por última vez, vuelvo a gritar y señalo con la mano el oeste, la vertiente Diamir. Los dos expedicionarios ascienden por nuestra huella. Se van asegurando mutuamente. Felix va el primero, Peter le sigue. No abandonarán nuestra línea de ascensión hasta más arriba. Recojo el cordino y los guantes y los guardo en el bolsillo del pantalón. Regreso a la brecha desesperado.
¿Qué le digo a Günther? Felix marcha a la cima, acompañado de Peter. No me han oído. Claro, con esta altitud, este viento y a cien metros de distancia, no es nada raro que se produzcan malentendidos. Pero ¿qué hacemos ahora? ¿Qué?
Posteriormente Felix me contaría que siguió hasta la cumbre aliviado, libre de preocupación, porque estaba convencido de que nosotros estábamos bien. Holló la cumbre del Nanga Parbat a las cuatro de la mañana. Peter llegaría después. A las seis de la tarde volvieron a descender. Vivaquearon a 8.000 metros de altitud, bajo la cumbre sur, y a la mañana siguiente bajaron por el corredor Merkl hasta el campo V, continuando después hasta el IV. Eso significa que tampoco habrían pasado a buscar nos de haber permanecido en la brecha. Evidentemente en el campo IV les preguntaron por nosotros. El resto de los compañeros no entendía dónde nos habíamos quedado. Pero cómo iba a intuir Karl dónde andábamos. Si ni siquiera Felix lo sabía. No, éste no había comprendido que, después de nuestra infructuosa conversación, sólo nos quedó una salida: el descenso por la vertiente Diamir.


En el campo base reina el desconcierto. Y es que se conoce muy poco de la zona de cumbre. Tampoco tienen idea de si estamos vivos. La escasa información de que dispone Herrligkoffer no basta para poder anticipar nuestra ruta de regreso.
Herrligkoffer: «De madrugada Günther Messner y Gerd Baur se disponen a preparar el cordino para el equipamiento de la vía. Este revuelto de cuerdas acaba con la paciencia de Günther; éste arroja las gazas al suelo y comienza a escalar tras los pasos de su hermano. Gerd Baur se queda en el campo V. Posteriormente nos enteramos de que el dolor de garganta le había obligado a permanecer todo el día recostado en la tienda.»
Gerhard Baur ya ha descendido al campo IV. Desde allí, enseguida informa por radio al campo base.
Cuando a los dos días, el 29 de junio, Felix Kuen y Peter Scholz regresan al campo IV, los demás reciben la confirmación de que los Messner han emprendido el descenso por la vertiente Diamir. Pero la ruta exacta y el porqué siguen siendo un misterio.
Mientras tanto, mi hermano y yo avanzamos por terreno desconocido, abandonados a la suerte y a la desesperación. Desde hace una eternidad. ¿A quién se supone que tendríamos que haber esperado allí arriba? En la brecha de Merkl sólo hubiéramos recibido la visita de la muerte.
Por eso no nos quedó otro remedio que descender por la cara opuesta de la montaña.
Herrligkoffer escucha atento el relato detallado de la ascensión por boca de la segunda cordada de cumbre. Quiere saber por qué Felix no subió hasta la brecha de Merkl.
Kuen: «Continuamos subiendo y salimos airosos del tramo de escalada en roca. De repente comprobamos que la parte superior del corredor Merkl era impracticable. La roca presentaba una caída prácticamente vertical, sobre todo en el lado izquierdo. Además, estaba rematado por una cornisa. Ante este panorama decidimos atravesar a la derecha; superamos un flanco nevado y nos fuimos aproximando a la salida de la pared, a través de campos de nieve muy empinados pero llevaderos, entre 100 y 150 metros por debajo de la arista.»

Una vez que estuvieran arriba, Kuen y Scholz no nos hubieran podido ver de todos modos. Nuestro vivac se encontraba para ellos en un ángulo muerto.
Kuen: «Desde la arista miramos hacia el flanco próximo a la brecha de Merkl, aguzamos el oído, pero no vimos nada ni tampoco oímos voces. Cuando Reinhold se despidió de nosotros desde arriba, los dos hermanos desaparecieron.»
Seguro que Kuen y Scholz están preocupados. Pero ¿qué pueden hacer? Únicamente bajar, destrepar al campo V por la brecha de Merkl ya equipada y dar parte.
Kuen: «Se cernían sombras grises sobre el campo de nieve. Automáticamente pensé en la rápida ascensión de ambos, el vivac sin material, el descenso por una ruta incierta y sin cuerda, la falta de alimentos y el debilitamiento físico».

- NANGA PARBAT (REINHOLD MESSNER) PELÍCULA COMPLETA

martes, 10 de diciembre de 2013

- LIBRERÍA EUROPA: CONFERENCIA-HOMENAJE A RABADÁ Y NAVARRO


LIBRERÍA EUROPA: CONFERENCIA-HOMENAJE A RABADÁ Y NAVARRO EN EL 50 ANIVERSARIO DE SU MUERTE EN LA CARA NORTE DEL EIGER.
JESÚS VALLÉS


jueves, 7 de noviembre de 2013

- LA ARAÑA BLANCA. HEINRICH HARRER

HEINRICH HARRER
LA ARAÑA BLANCA. HEINRICH HARRER
DRAMÁTICA HISTORIA DE LA ASCENSIÓN A LA PARED NORTE DEL EIGER
CAPÍTULO: ALGUNA VEZ TIENE QUE CONSEGUIRSE.

El martes 27 de agosto llegan a la montaña amigos muniqueses de los dos escaladores. Entre ellos están el hermano de Sedelmayr y Gramminger, quien más tarde alcanzará renombre mundial como especialista de salvamento en montaña. Los amigos lo intentan todo para llevar ayuda, pero no hay nada que salvar. Nada se puede ver ya. Ni desde cima, ni desde las torres de la arista oeste, ni tampoco desde abajo. No se ve ni se oye nada. Ni desde cima, ni desde las torres de la arista oeste, ni tampoco desde abajo. No se ve ni se oye nada. Ninguna voz humana interrumpe ya la melodía propia del Eiger. Es imposible atacar ahora la pared desde abajo e inimaginable llevar ayuda alguna desde arriba. El hermano y los amigos –los mejores y más experimentados alpinistas– se encuentran impotentes ante el poder desatado de la naturaleza.

 Aviones militares suizos intentan en los días siguientes sobrevolar la pared, pero no consiguen descubrir ni el menor rastro de los desaparecidos. Semanas más tarde, el 19 de septiembre, cuando por fin mejora el tiempo, llega Ernst Udet, el más acreditado piloto de Alemania. . Es una extraña providencia del destino, pues en 1928 el Dr. Arnolf Fanck había introducido a Udet en la técnica de vuelo en montaña durante el rodaje de la película Die weisse Hölle vom Piz Palü (el infierno blanco de Piz Palü). Entonces todo había sido como un juego: Udet tenía que acercarse en avión lo más posible a la pared de hielo para encontrar a unas personas que se habían equivocado al escalar y dirigir las tareas de salvamento. Pero ahora se trataba de una realidad trágica. Y ya no estaba en juego salvar a alguien, sino tan sólo encontrar los cuerpos. Fritz Steuri, extraordinario guía de montaña y esquiador de Grindelwald, se encargó de acompañar a Udet en esa temeraria empresa. Se acercaron hasta unos veinte metros de la pared y allí descubrieron a uno de los desaparecidos –¿Sedelmayr o Mehringer?– metido hasta las rodillas en la nieve, congelado de pie en el último vivac en el extremo de la Plancha. Desde entonces ese lugar se llama el Vivac de la Muerte.

Así pues, dos hombres quedaron para siempre en la pared. Pero la valentía no se había extinguido, como tampoco el deseo de penetrar en lo desconocido. Se decidió buscar los cadáveres y, de ser posible, rescatarlos el año siguiente.

«Ya no puedo más…»

 Albert von Allmen tiene una cara intemporal. Puede aparentar unos treinta y cinco o unos cincuenta y cinco años. Es un hecho frecuente en los alpinistas, hombres de la montaña, cuyos rasgos están marcados por el viento y las tempestades: en su juventud parecen más viejos y en la vejez más jóvenes. 

 La montaña siempre ha sido el maestro severo y el amigo de confianza de Allmen, aunque su profesión lo lleve más bien por dentro de la montaña que por su superficie. Albert es guardavía del ferrocarril del Jungfrau. Es, pues, responsable de vigilar las vías que atraviesan el interior del Eiger. Pero la verdad es que a él le interesa todo lo que ocurre en el exterior. Bien es cierto que no comprende totalmente a los jóvenes que allá fuera intentan atravesar la terrible pared del Eiger de abajo arriba, pero aunque los considera algo locos su corazón está con ellos Von Allmen tiene ojos bondadosos, rodeados de numerosas arrugas pequeñas, que no sólo delatan preocupaciones y vida dura de montaña, sino también el placer de reír. 

Anderl Hinterstoisser
y Toni Kurz
El 21 de julio de 1936, Albert se dirige al boquete del túnel situado en el kilómetro 3,8. Es martes y, ya desde el sábado 18 de julio, cuatro alpinistas se encuentran en la pared: dos austriacos, Edi Rainer y Willi Angerer, y dos bávaros, Anderl Hinterstoisser y Toni Kurz. Especialmente el alegre Toni Kurz se ha ganadoel cariño de todos. Y no sólo porque es guía profesional de montaña, sino porque cuando Toni ríe es como si todo el mundo se riera con él. 

Todos son jóvenes: el de más edad, Angerer, tiene veintisiete años, y Kurz y Hinterstoisser sólo tienen veintitrés. Han escalado la pared muy alto, casi tanton como los dos del año pasado, Sedelmayr y Mehringer. Aquéllos nunca regresaron, pero estos cuatro regresarán, pues lo observado en los últimos días da pie a tener fundadas esperanzas de que esta vez todo terminará sin catástrofes.

Una forma tan extraordinaria de escalar no se ha visto por aquí todavía. Bien es cierto que parece ser que uno de ellos –supuestamente Angerer– ha sido alcanzado por una piedra y que por esa razón el grupo se movía más despacio desde hace dos días y habían decidido regresar. La visión de ese descenso sobre los neveros sometidos a caídas de piedras y aludes resultaba espantosa. Pero valientemente y sin vacilaciones, aunque muy despacio, eso sí, los cuatro seguían descendiendo, acercándose ya a esa zona de escalada más sencilla que les traería la salvación. Los tres hombres aún sanos se esforzaban por cuidar al que, de toda evidencia, estaba herido.

Edi Rainer y Willi Angerer
Albert von Allmen piensa en los turistas domingueros y excursionistas que en la estación de Eigerwand se acercan al borde de los ventanales para observar esa horrorosa profundidad e incalculable altura de la pared del Eiger. Más abajo, en Kleine Scheidegg y en Grindelwald, la gente no despegaba los ojos de los prismáticos y catalejos.

Tienen que volver, piensa Albert von Allmen. Sus sentimientos, de todo corazón, acompañan a esos muchachos, a esos cuatro jóvenes de la pared. Por eso permanece atento a cómo se encuentran.

Allmen abre el grueso cerrojo de la pesada puerta de madera que cierra el boquete del túnel y sale al exterior. Cientos de veces ha salido ya por aquí y la visión de la pared le resulta conocida. Pero hoy le parece especialmente espantosa, quizá porque sabe que hay personas en ella. La roca está vidriosa, recubierta ta de hielo. Aquí y allá escucha el ruido de piedras al caer. Algunos de estos proyectiles descienden veloces por los aires cientos de metros en caída libre con un maléfico zumbido. Luego, de nuevo, se desploma la nieve, los aludes: verdaderas cataratas de hielo y nieve. La idea de que hay seres humanos en este infierno vertical es agobiante. ¿Seguirán aún con vida?

Von Allmen grita, luego escucha y repite nuevamente su llamada. La respuesta que recibe es nítida y alegre. Cuatro voces jóvenes responden cantando a la tirolesa. Albert no puede ver a los cuatro, pero por el sonido no deben encontrarse a mucho más de 100 o 150 metros por encima de él. Bien es cierto que a él le resulta incomprensible cómo pueden descender por esas rocas verticales o desplomadas cubiertas de hielo y marcadas por la caída de rocas. Pero esos locos muchachos han mostrado ya muchas veces que es realmente posible escalar incluso en lugares imposibles. Y sobre todo –lo más importante– llega esa llamada proveniente de arriba que da alegría: «¡Bajamos en línea directa. Todos estamos bien!»


Anderl Hinterstoisser 
y Toni Kurz
Todos están bien. El corazón del guardavía, de alegría, bate más rápido. «¡Os voy a hacer un té!», responde. Contento y con sonrisa de satisfacción regresa al interior por la puerta del túnel, entra en su barraca y pone a calentar una enorme olla de agua. En sus pensamientos ya ve cómo llegan esos cuatro jóvenes. Agotados, quizás con heridas abiertas por las piedras, con algunas congelaciones, pero vivos y felices. Y él irá a su encuentro con ese té humeante. Y es que no hay otra bebida mejor que el té cuando se está agotado y transido de frío. Es un elixir de vida. Lo único fastidioso es que se necesite tanto tiempo hasta que el agua empiece a hervir y los jóvenes van a llegar enseguida.

Hace ya buen rato que el té está preparado, pero los jóvenes no llegan. Albert von Allmen reduce al mínimo la llama bajo esa bebida dorada, para que se mantenga caliente y no se consuma.

Los jóvenes no llegan, y el guardavía tiene mucho tiempo para reflexionar sobre todo ello…

En realidad no se puede reprochar a las personas ávidas de sensaciones que se agolpen alrededor de los prismáticos y telescopios, pues las escaladas a la pared del Eiger se han convertido en un asunto público. Los periódicos y la radio se han apoderado del «Caso Pared del Eiger». Algunos de los reportajes son buenos y parecen haber salido del alma de los alpinistas. Otros, sin embargo, no muestran ningún conocimiento especializado sobre el tema.

El año 1936 empezó de manera terrible. Al principio llegó el grupo de Múnich de Albert Herbst y Hans Teufel, quienes se presentaron en Kleine Scheidegg a finales de mayo. ¿Para buscar, quizás, a los muertos del año pasado? Seguro que también habían pensado en eso, pero su meta secreta era sin duda la escalada de la pared. Eran unos alpinistas excelentes, ciertamente. Pero tal vez les faltara esa gran calma y serenidad que caracteriza al maestro consumado.

No perecieron en la pared del Eiger, pues habían comprobado que hubiera sido un suicidio iniciar una escalada de esa pared gigantesca, cuando todavía reniaban allí unas condiciones casi invernales. Pero la espera se les hizo insoportable.

Según el calendario ya era verano, pero las tormentas y la nieve seguían cayendo. Teufel y Herbst decidieron, como entrenamiento preparatorio, subir la pared norte del Schneehorn, una pared pura de hielo y nieve, no escalada hasta entonces. Las condiciones eran todo menos favorables, pues la nieve fresca todavía no se había fundido con la vieja. No obstante, los dos iniciaron la escalada de la pared y llegaron hasta justo debajo de la cornisa de nieve de la cima, donde tuvieron que vivaquear. Aguantaron bien ese vivac a la intemperie, y pisaron la cumbre al día siguiente.

Todo parecía estar en orden, pero durante el descenso por una ladera de nieve se desató un alud que arrastró a ambos 200 metros. Teufel chocó contra el borde de una grieta del glaciar rompiéndose la nuca. Herbst salió con vida del accidente. Un maléfico comienzo…

Algunos días más tarde llegan dos austriacos, Angerer y Rainer, y colocan su tienda en Kleine Scheidegg. Son alpinistas experimentados, pero sobre todo unos magníficos escaladores. Y como tales son también maestros en encontrar caminos por terreno de roca vertical. Recuerdan lo difícil que fue vencer el pilar situado por debajo del Primer Nevero y cómo Sedelmayr y Mehringer se desgastaron allí completamente. Tiene que haber una vía más a la derecha: a través de los que más tarde se llamarían Primer Pilar y Pilar Descompuesto, en la proximidad del inescalable Rote Fluh, Muro Rojo, vertical como una plomada y completamente liso. Debajo de éste se debería encontrar un paso transversal que conduzca hasta el Primer Nevero. Pero, ¿será realmente posible realizar en ese punto de la pared una travesía?

El día lunes 6 de julio Angerer y Rainer atacan la pared por el nuevo itinerario que han ideado.

¿Qué aspecto presenta la pared en ese momento? Othmar Gurtner, el gran alpinista suizo y editor alpino, escribe al respecto el 8 de julio en la revista deportiva Sport:

«Un tiempo caprichosamente cambiante ha impedido en las últimas semanas el progreso de fusión de la nieve. Frecuentes nevadas y días fríos y ásperos han conservado la nieve en polvo en las zonas de sombra a
partir de los 2.500 metros… Un estudio exhaustivo de las condiciones de la pared del Eiger, llega a la –engañosa– conclusión siguiente: las zonas bajas de la Pared Norte e incluso los dos neveros situados por encima de la estación de ferrocarril Eigerwand invitan, debido a su gruesa capa de nieve, a la escalada en el frío de la madrugada, siendo posible, en ese tipo de nieve, avanzar rápidamente sin usar el piolet. Pero a esa nieve le falta aún la fusión, es decir la sólida cohesión con la nieve vieja, comportándose, pues, como nieve típica de invierno a causa de la parca exposición al sol en la pared del Eiger. Más arriba, en la propia estructura casi vertical de la cima, la nieve polvo está pegada a las rocas como por golpe de escoba. Entremedio brilla el hielo… Este hielo tiene su origen en el agua de deshielo que cae del techo de la montaña. Mientras este hielo cuelgue de la estructura de la cima, toda la pared del Eiger estará fuertemente amenazada de caída de seracs. Además, en estos momentos se puede constatar la existencia de verdaderos «arroyos» y de numerosos agujeros por impacto en la nieve, muy cercanos unos de otros. La pared se encuentra ahora en ese estado entre el verano y el invierno que produce espanto…»

 Angerer y Rainer han estudiado la posibilidad de realizar una travesía por la parte inferior de la pared; vivaquearon por debajo del Muro Rojo y descendieron al día siguiente, 7 de julio. Alcanzan su campamento completamente mojados y cansados, pero sanos y salvos. «Regresaremos en cuanto las condiciones sean más favorables», dicen.

Ya los periódicos husmean nuevas sensaciones, y sus lectores, claro está, tienen derecho a ser informados con exactitud de lo que está sucediendo en el Eiger, ahora que los intentos de escalada se han convertido en el punto de atención del público. Los reportajes se parecen casi a los boletines del Estado Mayor del Ejército, a informes bélicos, y sus titulares así lo muestran: «En combate contra la pared del Eiger», «Encuentro de acróbatas en la pared del Eiger», «Nueva vida en la pared del Eiger», «Tregua en el Eiger», «El cerco se estrecha» «Rechazado el primer ataque». Y, a veces, se atreven incluso a hacer un juego de palabras y hablan de la «Pared asesina del Eiger».

Pero, naturalmente, en los periódicos del 7 y 8 de julio el tono es de alegría general por el regreso, sanos y salvos, de Rainer y Angerer. Bien es cierto que todos los movimientos y palabras de ambos hombres son desmenuzados e interpretados a placer, pero los alpinistas sólo quieren tranquilidad, y, puesto que no se la conceden, ellos se defienden a su manera utilizando algunas palabras que suenan exageradas. «¡Volveremos!» Qué arrogancia, después de ese vivac espantoso, descrito en muchos periódicos como una lucha a vida o muerte. Y Angerer y Rainer se burlan diciendo: «No, no, el vivac no fue tan espantoso. ¡Si sólo nos mojamos un poquito!».

Por esa época aparece un artículo bienintencionado en el periódico Bund, de Berna, en el que se podía leer: «Quien haya conocido a estos dos muchachos amables y agradables les ha de desear sinceramente que esa aventura termine bien».

Pero ni la burla ni la seriedad pueden detener los sucesos, y así, el 18 de julio de 1936 las dos cordadas, Angerer-Rainer y Hinterstoisser-Kurz, inician el ataque a la pared. Por separado, al principio. A la altura en la que los dos austriacos habían vivaqueado la vez anterior se unen los cuatro. Forman un equipo. Se trata de una empresa audaz y poco común, pero no pensada a la ligera.

Andreas Hinterstoisser
Una vez pasada la Fisura Difícil situada por debajo del Muro Rojo, es Andreas Hinterstoisser el primero en conseguir la travesía hasta el Primer Nevero, haciéndolo casi conforme a las reglas, con ayuda de una cuerda. Esta técnica para realizar travesía con un péndulo colgado de la cuerda, la había inventado y ejecutado el magistral escalador de roca Hans Dülfer ya antes de la Primera Guerra Mundial, durante la escalada de la pared este del Fleischbank y de la pared oeste del Totenkirchl, demostrando así que, con ayuda de una cuerda, se podían salvar zonas aparentemente inescalables. En aquella época apareció una broma sobre esta técnica de Dülfer: «Se avanza hasta donde se pueda, y cuando cuaquier avance es ya definitivamente imposible, se hace una travesía y se sigue avanzando.»

Andreas Hinterstoisser lleva a cabo una travesía de ese tipo en la pared del Eiger, dando así el paso clave de la vía. Cuando han pasado todos, retira la cuerda de la travesía, y al hacer esto retira también la llave de la puerta de retorno –quedando ya clausurada–, esa puerta necesaria en caso de verse obligados a volver atrás… Pero, ¿quién piensa en volver atrás?

Los cuatro hombres son observados con prismáticos, y los espectadores olvidan las críticas anteponiendo ahora elogios y admiración por la rapidez y seguridad con que las dos cordadas superan el vertical Primer Nevero, siguen ascendiendo y llegan luego a esa gran pendiente que es la barrera entre el Primer y el Segundo Nevero. Esas rocas tienen forzosamente que ser difíciles, eso ya se sabe desde el intento del grupo Sedelmayr-Mehringer.

Pero de repente algo parece haber ocurrido. La segunda cordada –la de Raner y Angerer– sólo avanza ahora con lentitud e inseguridad detrás de la primera. Hinterstoisser y Kurz se acercan ya a las rocas por encima del Muro Rojo, mientras que los dos otros permanecen parados largo rato. Enseguida se puede apreciar que uno de ellos se apoya en su compañero. ¿Habrá ocurrido algún accidente?

Nunca se sabrá lo que sucedió exactamente, pero, al parecer,Angerer había sido golpeado por una roca y Rainer intentaba ayudar a su amigo. Más tarde vemos que Hinterstoisser y Kurz tiran una cuerda desde donde se encuentran, un lugar al abrigo de la caída de piedras, seguramente. Juntos consiguen subir a Angerer. Rainer sube luego rápidamente sin utilizar la cuerda para asegurarse.

Ese pequeño nido de roca sobre el Muro Rojo es el primer vivac de los cuatro hombres. ¡Es increíble la altura que han alcanzado esos alpinistas! ¡Ya han dejado más de la mitad de la pared por debajo de ellos!

Domingo 19 de julio

Los prismáticos allá abajo están de nuevo sitiados. Cuando los cuatro hombres abandonan su vivac ya son las siete de la mañana. ¿Cómo se encuentra el herido? Bien, por lo visto, pues no vuelven atrás sino que avanzan escalando sobre el enorme Segundo Nevero. No obstante lo hacen con más lentitud que el primer día. ¿Están todos cansados o sólo se encuentra mal el herido? Lo que sí es evidente es que los cuatro forman ahora una única cordada.

El tiempo no es bueno, pero tampoco especialmente malo. Para las condiciones generalmente dominantes en el Eiger es incluso soportable. Ese domingo la cordada alcanza la Plancha. Angerer, Rainer, Hinterstoisser y Kurz se asientan en su segundo vivac a la intemperie, por debajo del Vivac de la Muerte de Sedelmayr y Mehringer. El rendimiento del día ha sido bueno, pero no lo suficiente para asegurar el avance definitivo hasta la cima el día siguiente. ¿Cómo será la noche? ¿En qué estado está Angerer y los demás?

Los espectadores allá abajo, en el valle, no saben nada. Se retiran, pues, los curiosos, los reporteros, los guías de montaña, los alpinistas. Mañana ya se verá.

Lunes 20 de julio

De nuevo dan las siete antes de que en el campamento de altura se pueda apreciar movimiento. Es un sitio diminuto en el que apenas caben los cuatro sentados.

Los primeros en comenzar la escalada por la inclinada roca que lleva hasta el Vivac de la Muerte son de nuevo Kurz y Hinterstoisser. Treinta minutos más tarde se quedan parados. Los otros no los siguen. Lo que hayan podido hablar entre ellos, no se sabe. En cualquier caso la decisión es amarga y decisiva para los primeros y de vital necesidad para los segundos. Al parecer Angerer ya no está en condiciones de proseguir la escalada.

De repente se ve bajar al grupo de Hinterstoisser hacia el vivac. Allí se quedan largo tiempo. Después inician todos el descenso. La vida humana es más importante que la escalada de la pared.

Descienden con relativa rapidez el Segundo Nevero, pero el descenso en rápel hacia el Primer Nevero –pasando por el resalte de roca– se prolonga durante horas, y cuando lo alcanzan, cae ya la noche. Los cuatro se asientan a la intemperie cerca del lugar en que Sedelmayr y Mehringer habían vivaqueado por
segunda vez. Todos y cada uno de los hilos de la ropa que envuelve sus cuerpos deben de estar empapados. Este tercer vivac les va a robar energía, pero deben conservar alguna para el cuarto. La altitud que han perdido hoy es escasa, tan sólo 300 metros. La pared se hunde todavía 900 metros por debajo de ellos, pero cuando dejen tras ellos la travesía y la Fisura Difícil, ya no quedará lejos el valle salvador. Además, conocen bien ese terreno.

La travesía…
Es la meta más importante de este nuevo día, martes 21 de julio. Los cuatro parecen haber resistido relativamente bien el tercer vivac, pues se les ve descender por el Primer Nevero con bastante celeridad hasta el lugar en que desemboca la travesía. Pero en ese momento los espectadores sólo ven a tres
hombres. ¿Se habrá caído uno?

Hay bancos de niebla alrededor de la pared. Se levanta una tormenta. El ruido de las piedras al caer se vuelve más intenso y aludes de nieve polvo barren la ladera por la que todavía ayer pasaba el itinerario de descenso. Cuando los cuatro dejen tras de sí la travesía, se habrá acabado también el peligro más agudo debido a la caída de piedras. ¿Pero dónde está el cuarto escalador?

Cuando el telón de nubes se abre nuevamente, la gente puede ver otra vez a cuatro hombres a través de los prismáticos. Angerer parece estar fuera de combate, pues no participa activamente en el intento de superar la travesía. Esa tarea parece haberla asumido, sobre todo, sólo uno de ellos. Debe tratarse seguramente de Anderl Hinterstoisser, el primero en superar el paso clave. Pero allí ya no hay cuerda y las rocas no parecen ahora estar en condiciones para la escalada libre.

El tiempo está cambiando con rapidez y empeora ostensiblemente. La lluvia que ha estado rociando permanentemente las rocas debe haberse convertido en hielo, y los especialistas empiezan ya a presentir la tragedia: el camino de retorno ha quedado cortado. Nadie puede ya avanzar sobre esa roca cubierta de hielo, ni siquiera alguien como Andreas Hinterstoisser. Los hombres pasan todas las preciosas horas de la mañana en peligrosísimos e increíblemente agotadores intentos. Y luego llega su última decisión desesperada: el descenso vertical por encima del resalte –de unos 200 metros de profundidad– cuyo desplome en algunos sitios es impresionante.

La vía elegida pasa exactamente por el centro de la línea de caída de piedras y de aludes. Sedelmayr y Mehringer, en su intento, habían necesitado un día completo para escalar en ascensión ese resalte con buen tiempo y rocas secas. Ahora, sin embargo, se ha desatado el infierno sobre la montaña. Pero no hay otra salida.

Los hombres preparan las cuerdas para el rápel volado. Éste es el momento en que oyen la llamada de Albert von Allmen.

¿Un grito cercano? ¡Entonces ya nada puede salir mal!, pensarían. La voz de un ser humano da realmente fuerzas y coraje e incluso presta el convencimiento de que el puente hacia la vida está tendido. Y los escaladores, a pesar de ser conscientes del peligro y de su complicada situación, contestan cantando a la tirolesa: «¡Todos bien!» Nada más. Ningún grito de socorro, ni siquiera una mínima referencia al terrible peligro.
Todos bien…

Albert von Allmen está enfadado. ¿Cuánto tiempo más tiene que mantener caliente el té? Su enfado se transforma luego en preocupación, pues ya han transcurrido dos horas desde su corto diálogo con los alpinistas y todavía no hay señales de ellos en el boquete del túnel. ¿Lo habrán sobrepasado? ¿No habrán
visto la cinta que indica la abertura?

El guardavía se acerca de nuevo a la puerta. El aspecto que ofrece ahora la pared es espantoso. La visibilidad es escasa y la niebla esparce sus vapores por doquier. Las piedras en caída libre y los aludes emiten sonidos en una lengua despiadada. Albert lanza de nuevo un grito. Y llega una respuesta, una respuesta terrible que nada tiene que ver con el alegre gorgojeo tirolés. Uno de ellos grita, sólo uno, el último… Toni Kurz.

Toni Kurz
Toni Kurz es un joven alpinista, valiente y correoso, sobre cuya cuna se alzaba el Watzmann. Es un hombre que ha rescatado a muchos que se encontraban en peligro en la montaña, alguien que nunca hasta ahora había pedido socorro. Pero es él quien grita o, más bien, los gritos salen de él: es la vida la que grita pidiendo desesperadamente su derecho:
—¡Socorro! ¡Socorro! Mis compañeros están todos muertos y sólo yo sigo aún en vida! ¡Socorro!
La tormenta, los aludes, la caída de piedras, todo esto impide una buena comunicación. Albert von Allmen no puede socorrerlo solo.
—¡Ya vamos! –grita entonces, regresa apresuradamente al interior de la galería y llama por teléfono: —Aquí la estación Eigergletscher. Allmen al aparato. En la pared ha sucedido algo terrible. Sólo uno está aún vivo y lo tenemos que rescatar. ¿Hay algún guía de montaña ahí, con vosotros?
—Sí, hay algunos guías aquí: Hans Schlunegger, Christian y Adolf Rubi de Wengen.

¡Y enseguida se ponen en marcha! Lo hacen en contra de las órdenes recibidas; en contra, incluso, de todos los preceptos. El sentimiento de humanidad triunfa, pues, sobre las imposiciones.

Debemos decir aquí que el Jefe de los Guías de Montaña de Grindelwald, Bohren, preocupado por los guías que tenía a su cargo, había enviado a la Comisión de Jefes en Berna y al Comité Central del Club Alpino Suizo, la misiva siguiente, publicada también en el diario Echo von Grindelwald:

«Vemos con preocupación los intentos de escalada de la pared del Eiger, que son una expresión clara de cómo ha cambiado la mentalidad en el deporte de montaña. Es de suponer que aquellos turistas que se lanzan a uno de esos intentos son conscientes de los peligros a los que se exponen. Nadie debe esperar, sin embargo, que los guías de montaña sean luego enviados a prestar ayuda en condiciones desfavorables en caso de un eventual nuevo accidente en la Pared Norte del Eiger… Sería injusto empujar forzosamente a nuestros guías a exponerse a aquellos peligros acrobáticos para salvar a personas que han elegido libremente
correr con tal riesgo.»

Esta es, la posición del Jefe de los Guías de Montaña. Así pues, nadie les habría podido echar en cara a los guías que se encontraban en la Estación Eigergletscher y habían recibido la noticia del accidente que se hubieran negado a dar ni siquiera un paso sobre la pared ante esas terribles condiciones climatológicas.
Pero aún sigue vivo un escalador, sólo uno ya… Y lo quieren salvar.

El ferrocarril del Jungfrau pone enseguida a su disposición un tren. Los guías suben con él hasta el boquete del túnel situado en el kilómetro 3,8 y salen a la pared resplandeciente de hielo. La nieve les cae sobre la cara, pero avanzan decididamente en diagonal hacia arriba sobre esas viras engañosamente resbaladizas, hasta llegar a unos 100 metros por debajo de Toni Kurz, quien cuelga de un anillo de cuerda.

Desesperación y júbilo suenan en su voz, sorprendentemente clara aún, al oír a sus salvadores:

—Sólo yo sigo vivo. Hinterstoisser ha caído hasta el pie de la pared y Rainer ha sido arrastrado por una cuerda hasta un mosquetón y ha quedado allí, congelado. Y Angerer cuelga por debajo de mí, también muerto, ahorcado por la cuerda al caer…
—Te vamos a ayudar.
—Sí, claro –grita Toni–, pero tenéis que venir por arriba, después de subir la fisura que hay a mi derecha. Allí hay todavía pitones clavados desde nuestra ascensión. Después, con sólo tres rápeles, llegaréis hasta aquí.
—¡Imposible, nadie puede subir hasta allí con esta capa de hielo!
—¡Pero viniendo por abajo no podéis salvarme! —grita Toni.
El día se acerca ya a su fin. Los guías tienen que apresurarse para alcanzar el boquete del túnel antes de la caída de la noche. Entonces gritan:
—¿Puedes aguantar una noche más?
—¡No, no, no! —suena desde arriba la respuesta desesperada a través de la niebla y la tormenta.
Esos gritos se les clavan a los guías en el corazón. Ya no los olvidarán jamás. Pero ahora, de noche, es imposible intentar ayudarle, en esa pared, con ese tiempo.
—¡Volvemos mañana al alba! ¡Aguanta!
Y durante largo rato siguen oyendo los gritos de Toni Kurz.

Toni Kurz
Este joven guía de Berchtesgaden cree no poder resistir la noche. Pero la vida en su interior es todavía más fuerte, y resiste colgado de un anillo de cuerda, azotado por la tormenta, bajo el estrépito de las piedras que se desploman, bajo ese horrible frío, tan tremendo, que hace que se hiele inmediatamente el vapor que produce el calor del cuerpo. De las púas de los crampones ajustados a las botas cuelgan témpanos de hielo de veinte centímetros. Toni pierde el guante de la mano izquierda. Se le congelan los dedos, luego la mano, convirtiéndose en una masa informe incapaz de movimiento alguno. Pero cuando despunta la mañana todavía hay vida en este hombre martirizado. Incluso es clara su voz, cuando los guías regresan.

A Schlunegger y los hermanos Rubi se ha unido Arnold Glatthard. Los cuatro quieren ahora empezar la lucha contra la despiadada pared para salvar la vida de ese joven colega y compañero de Baviera.

Las rocas se encuentran terriblemente cubiertas de hielo, y sigue pareciendo imposible escalarlas en ascensión. Toni Kurz les insiste nuevamente:

—Sólo podéis salvarme viniendo por arriba. Tenéis que subir hasta la fisura.
Pero a estos guías de primera clase, crecidos dentro de una gran tradición, maestros en la montaña, pero poco conocedores de las técnicas modernas de escalada, ese lugar les habría causado problemas incluso con buen tiempo.
Allí habrían necesitado esa «técnica de acróbata», en contra de la cual había abogado Bohren, el Jefe de Guías.

Los cuatro guías consiguen escalar hasta llegar a unos cuarenta metros del sitio donde Toni Kurz pende de una cuerda. Desde allí no lo pueden ver, pues en ese lugar el desplome se abomba enormemente sobre el vacío. Si Kurz tuviera otra cuerda para descender por ella, estaría salvado. Pero, ¿cómo podría hacerlo? Los intentos mediante envío de cohetes fracasan: la cuerda sube sobrepasando incluso a Kurz, pero muy al exterior. Sólo hay una última posibilidad:

—¿Puedes hacer bajar tú mismo un cordino para que podamos amarrarle una cuerda, clavos y lo que necesites?
—No tengo ningún cordino —responde.
—Baja entonces todo lo que puedas. Haz que caiga el fallecido Angerer, luego sube nuevamente y corta la cuerda por arriba. Después deshaces el trenzado del trozo de cuerda que has conseguido, anudas las partes unas a otras y luego lo dejas caer hacia nosotros.
Como respuesta oyen una voz como un gemido: 
—Lo voy a intentar.

Después de un tiempo empiezan a oírse golpes de piolet. Es increíble que Kurz pueda sujetarse, con una mano congelada y la otra manejando el piolet. Por fin consigue cortar la cuerda, pero Angerer no cae al vacío, pues está congelado y pegado a la roca por el hielo. Casi en estado sonámbulo, obedeciendo ya solamente a la voluntad de vivir, Kurz sube nuevamente y corta la cuerda por arriba. De esta manera consigue unos ocho metros de cuerda, rígida a causa del hielo. Entonces comienza ese trabajo inconcebible que es destrenzar la cuerda. Cualquier alpinista sabe lo difícil que es esto incluso en tierra firme y con las dos manos sanas. Toni Kurz está colgado entre el cielo y la Tierra, en una pared cubierta de hielo, amenazado por la caída de piedras, alcanzado a veces por desprendimientos de nieve. Trabaja con una mano y los dientes durante cinco largas horas…


Una vez se desata un gran alud que casi alcanza a los guías. Muy cerca de la cabeza de Schluneggers pasa un bloque enorme, y seguidamente un cuerpo en vuelo: ¿Toni? 
No, no es Toni. Es Angerer, cuyo cadáver se ha despegado de la roca helada.

Esas horas son espantosas para Toni Kurz, que lucha por su vida, y espantosas para los guías, que no pueden ayudar convenientemente y que tienen que esperar hasta que llegue el momento en el que Kurz consiga lo increíble.

Luego el cordel desciende hasta los rescatadores, quienes anudan a él una cuerda, clavos, mosquetones y martillo. Lentamente desaparecen estos objetos de la vista de los guías. Toni Kurz está ya al límite de sus fuerzas. Le resulta casi imposible izar esos objetos, pero lo consigue. La cuerda resulta ser demasiado corta y los guías anudan otra a ella. El nudo pende a la vista, pero inalcanzable allí fuera, debajo del gran desplome.

De nuevo transcurre una hora. Toni puede ahora por fin empezar el descenso sentado en un anillo de cuerda que está enganchado a la cuerda con un mosquetón. Centímetro a centímetro va descendiendo: diez metros, quince, veinte… treinta metros, treinta y cinco. Ahora ya se pueden ver sus piernas colgando por debajo del desplome.

En ese momento choca el nudo que une las cuerdas con el mosquetón del asiento de descenso de Toni: el nudo es demasiado grueso y no lo puede hacer pasar por el mosquetón. Toni suelta quejidos.

—Inténtalo, inténtalo —le dan ánimos desesperadamente los rescatadores al agotado escalador. Toni murmura algo para sí y lo intenta otra vez con todas sus fuerzas, que ya son escasas, que ya se han acabado. Increíble ha sido el esfuerzo realizado por este hombre. Su voluntad de vivir se había tensado hasta el extremo máximo y el descenso por medio de ese seguro sistema de rápel de Comici había relajado esa tensión. Ahora ya iba hacia su salvación, ya iba a terminar la lucha, ya los rescatadores estaban allí…

Pero ahora ese nudo, sólo un nudo, pero un nudo intraspasable. 
—Inténtalo otra vez, va a funcionar —le requieren.
El requerimiento de los guías suena a desesperación, como una última rebelión contra el Destino, una última llamada a las fuerzas aún en reserva contra ese último obstáculo, el definitivo. Toni se inclina e intenta ayudarse de nuevo con los dientes. Rígido e inútil cuelga de su cuerpo su brazo izquierdo congelado, que ya tampoco posee ninguna fuerza de reserva más.

Toni murmura cosas ininteligibles. Su hermosa cara de hombre joven está hinchada y ha adquirido un color rojiazul debido a las congelaciones y al agotador esfuerzo. Sus labios se mueven. ¿Querrá decir algo?
Ahora habla claramente: 

—No puedo más.

Su cuerpo se vuelca hacia adelante. En su asiento de descenso, ya casi al alcance de los guías, allá afuera, balanceándose sobre el abismo, un cuerpo inerte cuelga ahora libremente…

Nunca se sabrá cómo se desarrolló realmente el accidente en toda su amplitud, qué ocurrió exactamente mientras el guardavías von Allmen estaba preparando el té: nada de esto se podrá comprobar jamás. Tan sólo podremos imaginárnoslo. El hecho de que Andreas Hinterstoisser no estuviera encordado al caer al abismo permite suponer que el hombre técnicamente mejor preparado de los cuatro estaba buscando un lugar especialmente adecuado para colocar los clavos de rápel. A tenor de las informaciones fragmentarias e inconexas de Toni Kurz, no es posible afirmar que Hinterstoisser fuera alcanzado por una piedra en ese intento, que todos fueran víctimas de la caída de piedras –que los habría lanzado al vacío– o bien que los demás intentaran retener a Anderl en su caída, resultando arrastrados ellos mismos hacia el abismo. Este joven de Berchtesgaden tuvo que emplear todas sus fuerzas en su propio rescate y no podía malgastar pensamientos o palabras en informar adecuadamente. De toda evidencia los tres escaladores estaban encordados; la cuerda pasaba por un mosquetón que a su vez estaba sujeto a un clavo. La caída provocó que Rainer fuera arrastrado hasta el clavo, donde quedó imposibilitado de todo movimiento. Se pudo comprobar que el herido que se podía observar desde abajo no era otro sino Angerer, por los restos de vendaje en la cabeza de su cadáver, recuperado más tarde. La tragedia de Sedelmayr y Mehringer se había desarrollado a cubierto de las miradas, por detrás de las nubes de la montaña. La gente sólo podía suponer lo que allí estaba pasando. Toni Kurz, sin embargo, acabó su vida ante los ojos de sus rescatadores. Ésta es la razón por la que la catástrofe de 1936 resultase tan cercana, tan inmediata, tan estremecedora que nunca podrá caer en el olvido.
Arnold Glatthard, ese guía callado y tímido, comentó: «Fue el momento más triste de mi vida».

En relación con las primeras tragedias de la Pared Norte del Eiger se han inventado y escrito muchas cosas que envenenaron el ambiente y complicaron el entendimiento recíproco. Pero los verdaderos escaladores –independientemente de si aprobaban o condenaban la empresa de conquistar la pared del Eiger– se expresaron todos en el mismo sentido, empleando una lengua de comprensión, de humanidad, de respeto ante los muertos.

Como final de este informe sobre la tragedia de 1936, deseo incluir aquí las palabras de Sir Arnold Lunn, enemigo de cualquier tipo de apasionamiento o de falso ensalzamiento heroico. En su libro A Century of Mountaineering escribió lo siguiente en relación con la muerte de Toni Kurz: «Su corazón valiente aguantó los espantos de la tormenta, de la soledad y de la calamidad; espantos estos que prácticamente ningún otro escalador ha sufrido en tal amplitud. Estaba colgado de ese anillo de cuerda, azotado por la tormenta, pero decidido a no entregarse. Y Toni Kurz no se entregó: falleció. En la historia del montañismo apenas existen informes sobre mayor tenacidad y sufrimiento heroico…»

EN LA PARED NORTE DEL EIGER