CITAS Y AFORISMOS
"Es una experiencia verdaderamente fascinante, te olvidas de todo, de todas las preocupaciones, de todos los problemas, toda tu atención se centra en no caerte, es un deporte en el que interviene todo el cuerpo. Produce una enorme sensación de libertad sentirse tan cerca de las rocas, de la naturaleza, de las montañas, cuando alcanzas la cima sientes tal felicidad que quieres volver a experimentar esa sensación lo más a menudo posible".
Leni Riefenstahl

domingo, 25 de agosto de 2013

- HERMANN GÖERING: DIARIO DE UN JOVEN ALPINISTA.

Hermann Goering a la edad de 15 (1908)
escalando el Grossglockner, la montaña 

más alta de Austria y de los Alpes Suizos.
El diario de juventud se conserva en un archivo del ejército de los Estados Unidos en Pennsylvania. Otro diario posterior, que Göring escribió cuatro meses después durante una excursión a pie por los Alpes bávaros, se halla actualmente en manos de un particular en Nueva York. Algunos fragmentos del mismo nos permitirán captar el tipo de vida que llevaba. El diario, que lleva la inscripción «Hermann Goering, Club Alpino Germano-Austríaco de Salzburgo», describe una caminata de ocho horas hasta la cima del famoso monte Watzmann, próximo a Salzburgo, y varias hazañas alpinistas en las Dolomitas, incluida su escalada pionera a las cumbres gemelas del Wild Sander, al sur de Lienz, con sus amigos Barth y Rigele, este último probablemente Fritz Rigele, el abogado austríaco que se casaría con Olga Göring. Varias localidades que luego tendrían un papel en la vida de Göring aparecen mencionadas en las páginas de este diario, entre otras, la cervecería Bürgerbräu, Berchtesgaden, y el hotel Geiger. Como tantas de sus aventuras, también ésta se inició en Veldenstein: 

Fritz Rigele
 16 de julio de 1911. A las cuatro en punto de la mañana, el despertador me arrancó de mis esplendorosos sueños de encumbradas montañas, glaciares y chimeneas en las Dolomitas [...]. Salí del viejo castillo cuando empezaban a iluminarlo los primeros rayos del alba. Todo el mundo dormía profundamente en vez de gozar de esta preciosa mañana dominical. El tren partió de Neuhaus [la estación de Veldenstein] al filo de las cinco y se adentró resoplando entre las montañas del Jura rumbo a Nuremberg [...]. A las once estábamos en Múnich. Primero me dirigí a la [cervecería] Bürgerbräu para reponerme con una jarra de cerveza muniquesa [...]. Las botas claveteadas resonaban sobre el suelo de la estación, todas las espaldas iban cargadas con mochilas bien provistas, todo indicaba que ése era el punto de partida para los excursionistas alpinos.

 17 de julio. Expedición de compras por Salzburgo; teníamos que obtener el carnet de socios del Club Alpino, pantalones de montaña, botas de escalador, crampones, etc., y mis botas de montaña necesitaban clavos nuevos [...].

 18 de julio. A las tres y media de la madrugada estaba despierto. Me fui directamente a la ventana a observar el tiempo, estaba despejado y el monte Watzmann y sus «hijos» se alzaban tan esplendorosos frente a mí que sentí chispear la esperanza en mi pecho. No podíamos tener en absoluto la certeza de llegar a la cumbre, pues el tiempo podía volvérsenos en contra en cualquier momento. A las cuatro y media emprendíamos la marcha desde el hotel Geiger [...]. Al principio el sendero fue elevándose con bastante lentitud hasta el primer refugio, casi todo el rato entre bosques. En un claro divisamos un ciervo, que continuó pastando tranquilamente sin prestarnos la menor atención. Después de dos horas y media llegamos a los pastos de Mitterkaser, donde se inician las praderas más inclinadas. El sendero ascendía serpenteando en largas curvas. Una pareja con un niño de nueve años nos siguió a partir de Mitterkaser, vestidos de pies a cabeza con ropas de ciudad. Esos simplones sajones comenzaron a subir campo a través, sudando a mares, evidentemente sin que eso los ayudara a avanzar más de prisa que nosotros. 
Tras ocho horas de caminata, Hermann Göring alcanzó la cumbre del Watzmann. Durante el descenso con su pequeño grupo admiró el espectáculo del lago König rodeado de montañas, bañado por el resplandor del ocaso y surcado por las estelas blancas de dos lanchas de motor. A continuación se puso en marcha para la aventura principal, una escalada en el Tirol, sobre la frontera italiana: 

Hermann Goering escalando 
el Watzmann Jungfrau 
19 de julio. Dimos un paseo por Lienz y compramos todo lo necesario. Lienz está muy bien situada para servir de punto de partida para las Dolomitas, el grupo Schober y Kals; es un bonito pueblecito del valle de Puster. Como todos los pueblos del Tirol del Sur alberga un acuartelamiento de los Fusileros Imperiales [Kaiserjäger] [...]. 
El día siguiente subieron hasta el refugio de Karlsbad, a 2.252 metros de altitud, en las Dolomitas. 

 20 de julio. Tuvimos una animada conversación sobre las montañas, el Club Alpino, los guías, los refugios y la cuestión de Bohemia [...]. La vista era magnífica: el pequeño refugio se levanta entre dos lagos color verde oscuro, en medio del Laserzkar, enmarcado por las lisas paredes de roca de las Dolomitas de Lienz. Detrás se alzaba un desolado panorama de escarpadas montañas, con las dos orgullosos cumbres gemelas del «Wild Sander» [...] Tenemos intención de escalarlo mañana. Una estrecha cresta une las dos cimas y, si es posible, queremos subirlas las dos. 
El día siguiente alcanzaron con gran esfuerzo la cima de 2 800 metros. 

21 de julio. [...] Tras un descanso de una hora, ajustamos la cuerda de cuarenta metros e iniciamos la travesía de la cara sur del Seekofel, que es interminable, pues da toda la vuelta a la montaña. El saliente sobre el que nos movíamos era muy bueno y relativamente ancho, pero muy largo. 
Finalmente llegamos a una fisura [...] El primer trecho de chimenea no nos planteó problemas, pero luego varias rocas salientes nos cerraron el paso y Barth tuvo que circundarlas. Cruzamos hacia el ramal izquierdo de la chimenea, pero era bastante más estrecho, más húmedo y más difícil. Dejéla mochila allí, me metí un par de grampones y pitones en los bolsillos y subí hasta alcanzar a Barth, que se había metido en una fisura de la que no conseguía salir; era una hendedura sumamente estrecha, saliente y sin ningún agarradero para las manos. Empezamos a subir reptando por ella con la desagradable sensación de que intentaba expulsarnos con su apretón. Barth lo intentó una y otra vez, pero no le acompañó la suerte. 
De modo que finalmente procedimos así: clavamos dos pitones y Barth se ató a ellos para seguir subiendo luego hasta donde pudo llegar; yo le seguí por la fisura y me afiancé a ella para quedarme con las manos libres y poder ofrecerle un punto de apoyo a Barth. Esta escalera humana le permitió superar el tramo liso. Su mano izquierda localizó un hueco que le serviría de agarradera una vez limpio de piedras. Después dio la vuelta (cosa muy difícil) y consiguió adentrarse por la chimenea principal. Yo no estaba demasiado bien situado, pues todas las piedrecillas que iba limpiando Barth me caían encima de la cabeza mientras le sostenía, de pie sobre mis manos. Luego descendí otra vez hasta el fondo de la fisura, solté la cuerda y subí siguiendo sus pasos. Tras muchos esfuerzos y trabajo conseguí sortear a mi vez la fisura y me adentré con gran alivio por la ancha chimenea, tras la sensación de ahogo experimentada en la estrecha hendedura. Probablemente ésa era la razón de que nadie hubiese subido hasta entonces por esa ruta... 

Refugio Herman Göering,
Tuvimos que salir a una plataforma de apenas un palmo de ancho, sobre un precipicio que caía directamente hasta el Laserzkar. El refugio y los lagos se veían diminutos ahí abajo, ¡y vaya viento que soplaba allí arriba! Montado sobre el filo de navaja de la cresta, con una pierna colgando a cada lado, crucé la distancia entre los dos picos. 
Una vez conquistada la doble cima por una ruta inexplorada hasta entonces, sólo les quedaba regresar. «Tenía una sed espantosa —escribió en su diario—, y pedí la bebida habitual de Barth, de bien probada eficacia: vino tinto con agua caliente y azúcar.» Esa tarde se desplomó exhausto en la cama. 
«Qué espléndido se veía todo desde allí arriba —meditaba el 23 de julio de 1911—. A solas con la Naturaleza y con personas agradables. Recordé las calurosas ciudades polvorientas, sobre todo Berlín; recordé las paredes desnudas y el monótono patio de armas del Cuerpo y di gracias a Dios por permitirme gozar de las cumbres de la Naturaleza.» 
Este revelador (y hasta ahora inédito) diario se cerraba con estas palabras: 
«Y cada mañana, por cierto, descubría que me había pasado toda la noche soñando con los sucesos del dia anterior.» 
Posteriormente el joven Herman Göering, soñador, físicamente audaz y romántico, fue destinado a la infantería como subalterno en marzo de 1912.

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