CITAS Y AFORISMOS
"Es una experiencia verdaderamente fascinante, te olvidas de todo, de todas las preocupaciones, de todos los problemas, toda tu atención se centra en no caerte, es un deporte en el que interviene todo el cuerpo. Produce una enorme sensación de libertad sentirse tan cerca de las rocas, de la naturaleza, de las montañas, cuando alcanzas la cima sientes tal felicidad que quieres volver a experimentar esa sensación lo más a menudo posible".
Leni Riefenstahl

sábado, 7 de abril de 2012

- EL ALPINISMO, LAS MONTAÑAS Y LA FILOSOFÍA TRASCENDENTE

EL ALPINISMO, LAS MONTAÑAS Y LA FILOSOFÍA TRASCENDENTE
César Pérez de Tudela




Es posible que fuese Emmanuel Kant el primero, que criticando el racionalismo dogmático, empezara a construir la doctrina del idealismo trascendente y con él la participación del espíritu en la elaboración del conocimiento.
En la dialéctica trascendental, Kant sometió a examen la capacidad de razonamiento en la que se basaba la metafísica tradicional, para decidirse a discutir sobre realidades trascendentes: el mundo, el alma, el amor, Dios y por qué no, las montañas y su honda, aunque oculta, significación.
Los límites de la razón aparecen manifiestos. La razón es incapaz de demostrar la realidad del alma o la infinitud del mundo, la necesidad o la libertad, o la misma existencia de Dios.
Los epígonos de Kant transformaron el racionalismo crítico en un idealismo absoluto y los idealistas «poskantianos» inventaron el método dialéctico que parte de una intuición trascendental.
A la exaltación de la razón inaugurada por el pensamiento moderno de Descartes, en el que ya hay una clara vertiente metafísica, culminada por Hegel en el idealismo alemán, irrumpe en el siglo pasado el vitalismo metafísico de Bergson, el último gran pensador de Francia: la vida espiritual es cualidad pura; el espíritu surge por sublimación de la actividad vital; solamente la intuición es capaz de captar las realidades profundas de la vida; el progreso espiritual es debido a la iniciativa de los grandes hombres (santos, sabios, artistas, reformadores...) aproximándose así al ideario cristiano, aunque a Bergson le faltó ese momento decisivo de la conversión: «La vida es un esfuerzo para subir la pendiente, por donde baja la materia». (Pensamiento que, por su significado, es casi una perfecta alegoría del alpinismo, como un comportamiento espiritual, enfrentado al materialismo y al positivismo).

Schopenhauer, Nietzsche, Rilke, Hölderlin, Heidegger, Jünger...

¿El idealismo trascendente es el alpinismo? Hay que mejorar a través de la dificultad. Sufrimos un deterioro psíquico cuando damos media vuelta para evitar la peligrosidad. Superar un peligro hace mejorar a la persona. La dificultad y el peligro hacen surgir lo mejor de los hombres. La disciplina del sufrimiento ha proporcionado la elevación de la humanidad...
Ya el ascenso de Petrarca fue un hito, con la insistencia del poeta en convertir la experiencia en una alegría religiosa, siendo su ascensión trascendente un relato lleno de simbolismo y cavilaciones metafísicas.
San Agustín en sus Confesiones escribió: «Ninguna montaña es tan grandiosa como el alma. En la soledad de las montañas se revela el alma con mayor presencia». La vida feliz está en la altura... y se sube por un camino difícil lleno de precipicios escarpados y hay que subir paso a paso, de virtud en virtud, por los peldaños, hacia la cima: el objetivo máximo. Ascensión física y ascensión moral.
El gran Doctor Místico, San Juan de la Cruz, desconocía completamente, en el siglo XVI, el alpinismo, pero al igual que San Agustín, Petrarca, Dante, junto a tantos otros, recorría parajes de montaña por caminos incómodos para llegar a las cimas, buscando la paz del espíritu, las reflexiones, el cansancio y el esfuerzo.
Cuando era Prior de Convento de los Padres Mártires de Granada, llevaba a sus congregantes a las faldas de la vecina Sierra Nevada y los decía: «Hoy cada uno ha de irse a solas por los montes y gastar en soledad el día en la oración».
San Juan de la Cruz escribió entre otras muchas obras poéticas Subida al Monte Carmelo, el alto monte de la perfección, que se situó en el noroeste de Palestina, próximo al mar (¿Es la montaña que los egipcios llamaron Baad Hermón?). La Biblia la cita en relación con el profeta Isaías, a cuyas laderas llegó huyendo buscando refugio. Fue un lugar de eremitas, que fue el origen de la Orden del Carmelo.
La santidad la concibió San Juan de la Cruz como «una escalada para alcanzar la cumbre». Para ello diseñó tres caminos posibles: el recto, un itinerario muy difícil, mientras que los otros dos caminos laterales, aun siendo complicados, nunca llegaban a alcanzar la cima; son vías sin salida. Alcanzar la cumbre por el camino recto, lo que los alpinistas llamaríamos siglos después, vía directa, es lo que San Juan de la Cruz denominó la «Unión del alma con Dios».
En un espléndido ensayo, creo que todavía inédito, del que tengo conocimiento, el ilustre académico de la Real Academia de Doctores de España, el doctor y catedrático Enrique Llamas Martínez, hace mención al misticismo de la montaña y su honda trascendencia espiritual, con la que coincido plenamente, con abundantes citas de la literatura religiosa: judaica y cristiana, que conducen a las mismas conclusiones filosóficas en relación con la trascendencia de los pensamientos que la montaña propicia y en la que ésta es su escenario natural.
Todos los estudiosos saben de la influencia que las cimas tuvieron en la filosofía de Schopenhauer y no digamos de los poetas metafísicos como Hölderlin y Rilke tan investigados minuciosamente por Martín Heidegger.
En un amplio ensayo, motivo principal de mi libro Las Montañas del Alma del cual éste artículo es un resumido anticipo, trato de investigar las similitudes asombrosas del ejercicio del alpinismo, no sólo como una actividad deportiva, si no esencialmente como el desarrollo de un profundo idealismo filosófico, realidad que ya intuí en mis tiempos de adolescencia y primera juventud, cuando comenzaba a internarme en éstas arriesgadas actividades tan poco comprendidas por una sociedad vulgar, dominada casi exclusivamente por el materialismo racionalista.
Cincuenta años con la mente siempre dispuesta a penetrar en el misterio del porqué del alpinismo, ese camino que entraña una persecución constante del conocimiento de sí mismo, quizás el saber primero y fundamental del hombre, superando el miedo de los grandes abismos, siempre en marcha hacia las montañas del ideal.
Cincuenta años atento a las diversas ascensiones y escaladas, a las numerosas expediciones por las montañas del mundo, pendiente de la evolución de las técnicas y las estrategias, pero también del entrenamiento del espíritu y del cuerpo que sirve de fundamental soporte para poder seguir realizando la dura experiencia de sobreponerme al frío acerbo del viento, al esfuerzo infinito, olvidándome del cansancio extremo
¿Aquellas tierras altas como planetas eran el lugar de mi sepulcro?
Pero no fue así y el alpinismo como esencia de esta existencia, me sigue poseyendo...

¿Qué deporte era o es el alpinismo?

El alpinismo, la escalada de las montañas difíciles, la ascensión a las montañas de la Tierra constituye para millones de personas un afán poco definible. Para la mayoría es simplemente un deporte con todo lo que este concepto tan abstracto y hoy carente de contenido puede conllevar.
Pero para algunos, entre los que está el autor de éste ensayo, la extraordinaria, y a veces amarga pasión, es algo mucho más hondo y más difícil de comprender por el entendimiento y la razón.
¿Espectáculo de masas, ejercicio físico para la distracción, el ocio, y quizás la terapia?
En mis primeros tiempos, cuando siendo solo un adolescente me sentí atraído por ésta actividad, ¿qué era para mí el alpinismo?, ¿qué se encerraba en este arriesgado juego deportivo?, ¿podía acaso compararse con el automovilismo, el tenis, el fútbol, o el baloncesto? ¿Se ejercitaban los mismos valores trascendentes?
Cuando en aquellos lejanos años leía los escasos libros editados sobre montañismo y las expediciones a las cimas, quedaba poseído por las grandes aventuras que habían vivido sus protagonistas superando grandes peligros, ejercitando la admirable valentía necesaria aquellos guías y estudiosos personajes que eran protagonistas de hazañas, como unos modernos caballeros andantes. Las aventuras de Salgari o del mismo Julio Verne quedaban empequeñecidas ante las andanzas reales, contemporáneas, llenas de fuerza y pasión. Estos relatos tenían el rigor indiscutible de la verdad y de lo real.
Los jóvenes de mi generación necesitamos muchos libros de literatura auténtica sobre los grandes viajes y las expediciones a los Polos geográficos y a las Montañas.
No me interesaban nada los juegos deportivos que solo me parecían juegos de niños: tenis, baloncesto, fútbol, etc...
Pero las experiencias de Tilman, recorriendo el Himalaya, o las escaladas del guía alpino Gastón Rebufatt, me llenaban de admiración.
Así que cuando comencé a salir de marcha con los jóvenes del Frente de Juventudes en los tiempos del viejo Régimen, sentí una auténtica revelación...
Vivíamos con emoción, ilusión y amenidad... Quedé entusiasmado de las actividades en la montaña caminando por parajes extraordinarios, abrigándonos en las pequeñas y sencillas tiendas de campaña, que eran como pequeños hogares que nos protegían del viento, haciéndonos bebidas calientes con el hornillo, pasando frío en las duras noches, orientándonos por las estrellas, cantando preciosas canciones que encerraban poemas...
Cuando llegó la escalada percibí una intensidad de sensaciones que a nada se podían comparar. El miedo llegaba a paralizarme, entre el vértigo, envuelto en sentimientos contradictorios para poder superar tantas debilidades, entre la belleza de aquellos paisajes impresionantes...
La llegada a la cima era siempre un momento trascendente, en el que sellabas la amistad con tus compañeros, viviendo la completa solidaridad...
Descendíamos por los precipicios colgados de aquellas inseguras cuerdas de cáñamo, viendo la vertiente muy abajo, en el fondo verde de los valles...
¡Sí la escalada era un deporte, ese deporte sí satisfacía mis exigencias!
Ahora sé que aquello era haber encontrado el «anhelo» del que más tarde, estudiando a Ortega, supe que era el mejor hallazgo del hombre.
Me tuve que hacer fuerte para seguir el ritmo de mis compañeros. Me hice un atleta sin utilizar gimnasios, ni equipos, simplemente orientado por el libro que recogía los ejercicios físicos diseñados por Link, el creador de la gimnasia sueca.
Puse tanto coraje en imitar los dibujos de gimnasia, y fui tan constante, que me aficioné a la dureza del esfuerzo, acercándome al deporte. Gané en resistencia, en fuerza física y en agilidad, pero sobre todo me sobrepuse a mi natural debilidad...
Pocos años después empecé a destacar entre los alpinistas de mi generación llegando a ser uno de los primeros, en las fatigosas marchas y en las arduas y difíciles escaladas...
Mis progresos me sorprendían... ¿Cómo una persona débil y temerosa podía transformarse tanto?
Dejé el mundo del arte, en el que mi padre, un apasionado del dibujo, la pintura y los objetos artísticos, me había iniciado. Continuaba con mis estudios de la Licenciatura de Derecho, pero ya la búsqueda del misterio de mí mismo ocupó un lugar preferente.

¿Existía alguna relación o correlación entre el arte y el alpinismo?

Aquello ya no era deporte. Subir por aquellas paredes abandonando la seguridad del suelo era una actividad que nos evadía del mero y saludable ejercicio físico. La intensidad de las percepciones, del miedo, de la inseguridad, y el reto de la escalada y el alpinismo, me introducían en reflexiones profundas.
Estudié el miedo y me adentré en él, enfrentándome una y otra vez ante esa emoción primitiva y esencial del animal humano.
¿Era yo cada vez más humano y menos animal cuando vencía al miedo, sintiéndome más noble y logrando alcanzar la seguridad y el bienestar espiritual?
A finales de los años cincuenta formaba parte del selecto equipo que constituíamos el Grupo Nacional de alta Montaña español, y ante mí se abría un horizonte de aventuras y experiencias que ampliaban mi conciencia.
Tenía que orientarme, buscando el mejor camino, desarrollando la poderosa intuición del hombre evolucionado, que se va separando lentamente del físico soporte del cuerpo animal, superando sus materiales apetencias.
Muchos años después, estudiando a Bergson, una de las mentes más importantes de la moderna filosofía enfrentada al positivismo materialista, descubrí que la intuición siempre se refiere al espíritu, mientras que el intelecto tenía relación sólo con la materia. Y el hombre, gracias a la intuición, es como puede superar los esquemas de la inteligencia para avanzar en el pensamiento: «La vida puede ser entendida como un esfuerzo para subir la pendiente por donde desciende la materia».
Yo quedé impresionado al captar su significado. Era la metáfora perfecta del alpinismo y del ideal alpino llevado a sus últimas consecuencias.
Poco a poco fui entendiendo que vivir hacia las cimas, era un espléndido camino de búsqueda del conocimiento...

¿Era también el camino del saber?

Ahora, más de cincuenta años después, tras haber recorrido las montañas del mundo persiguiendo ese «anhelo» en un permanente camino ascendente, dejando siempre al margen la comodidad y el éxito social, buscando denodadamente el secreto profundo del ser, es cuando he ido descubriendo la verdad de este ejercicio del alma, como si fuera un mandado de mi conciencia.
Nietzsche, el filósofo metafísico del que más se ha escrito a lo largo del pasado siglo XX, tan injusta y escasamente comprendido por los que se sienten administradores del saber, en sus estudios del hombre, y específicamente en su obra cumbre Así habló Zaratustra y en otros, utilizó a su personaje para apuntar sus teorías. Su personaje, ese profeta y legislador oriental del siglo V antes de Cristo, en el que el filósofo alemán ocultó su personalidad, hace mención repetidas veces a su identificación con el alpinista. Todos sabemos que su obra (artículos, ensayos, monografías) fue utilizada por el nazismo y manipulada una y otra vez, incluso por autores con el dudoso prestigio que la actualidad impone más por moda que por verdaderos méritos.
Permitan que les recuerde algunos de los pensamientos de Friedrich Nietzsche, entresacados de sus textos, y que aún des-textualizados, definen claramente, en bellas metáforas, la sustancia del alpinismo y cómo éste se adentra en la ontología del ser...

Ya era medianoche cuando Zaratustra se puso en camino por lo alto de la sierra...
Mientras Zaratustra subía por la ladera de la montaña iba recordando las numerosas caminatas que había realizado desde su juventud, y en las muchas montañas, sierras y cumbres que había escalado.
Soy un caminante y un escalador de montañas, dijo a su corazón. No me agradan las llanuras en donde no puedo permanecer tranquilo, por ello mi destino será siempre un viaje y una ascensión...
Además sé: Qué ¡ahora estoy en mi última cumbre, y es preciso que siga el camino más duro!
¡Solo ahora recorres tú camino de grandeza, confundiendo el abismo y la cumbre! ¡¡Síguelo!!
Pero será imprescindible que sepas escalar por encima de tú propia cabeza, para poder subir más alto; y aún más allá, por encima de tú corazón! ¡Bendito sea lo que endurece!
Es necesario aprender a ver lejos para poder ver muchas cosas. Y eso sólo se consigue escalando montañas.
Para mí la cumbre es mirar hacia abajo, sobre mí mismo y sobre mis estrellas!
Te es preciso, pues, pasar sobre ti mismo para poder ascender.


La conducta del alpinista y su pasión por adentrarse en la esencia de sí mismo, le hace ser sujeto activo de extraordinarias superaciones del cansancio, del miedo, y del imprescindible equilibrio psicofísico.

Lo espantoso no es la altura, sino la pendiente, desde la que se precipita la mirada en el vacío y se tiende la mano hacia la cima.
¡Que mi mano quiera agarrarse en el vacío, mientras mi mirada se precipita hacia la cumbre!
Así se hablaba Zaratustra a sí mismo, mientras ascendía consolándose con severas máximas...
Y cuando llegó a lo alto de la sierra... permaneció inmóvil y quedó en silencio en la noche fría, clara y estrellada de la altura...
Comprendo mi destino, ahora que se inicia mi última soledad: ¡Es necesario que descienda hacia vosotros!
Me hallo ante mi más alta montaña y mi más largo viaje.
Por eso es preciso que descienda más abajo de lo que más haya subido... y más adentro del dolor de lo que nunca he ascendido.
¿De dónde salen las más altas montañas?
Entonces aprendí que salen del mar. Está escrito en las cimas de sus crestas.
Desde lo más bajo debe alcanzarse la cumbre, la más elevada...,
Así razonaba Zaratustra en la cumbre de una montaña en donde reinaba el frío.
Zaratustra lloró amargamente de ira y de añoranza, porqué estaba dispuesto para la atracción y para el amor... El amor es el peligro del solitario.
A vosotros aventureros y audaces exploradores, a vosotros que os habéis embarcado sobre mares espantosos, ebrios de enigmas, cuya alma se deja atraer por las flautas de los remolinos, os digo que he subido por un sendero hacia el abismo, subí más y la altura me oprimía el pecho, pero ejercité el valor que mata al vértigo y hasta a la misma muerte...
Con firmeza se enfrentaba de nuevo a su destino.
Mi felicidad descendió al valle buscando asilo y encontrando esas almas abiertas...
Juntos hemos aprendido a elevarnos por encima de nosotros hacia nosotros mismos.
Cuando escalaba las montañas ¿A quién si no a ti buscaba yo sobre las cumbres?
¡Toda mi voluntad, todas mis ascensiones, escaladas y viajes, no tienen otro objeto que volar en el cielo!
¡Quien un día enseñe a volar a los hombres habrá cambiado de lugar todos los hitos! ¡Debe amarse a sí mismo el que quiera llegar a ser ligero como un pájaro!

Quizás Nietzsche recordara aquí el famoso verso de Rilke.

He aprendido a esperar para esperarme a mí.
He aprendido a escalar con ágiles piernas, con escalas de cuerda, he escalado elevadas alturas y elevados conocimientos.

Posiblemente Nietzsche tuviera conocimientos de los relatos de las grandes hazañas de los alpinistas de aquellos tiempos, la llamada «época heroica».

He llegado a la verdad por muchos caminos y por muchas maneras.
El hombre puede llegar a superarse por numerosos medios y caminos.
El hombre debe ser superado. ¡Supérate a ti mismo!
Hasta el mejor debe ser superado.
No consientas que te regalen un derecho que tú mismo puedes conquistar.
Quién no pueda mandarse a sí mismo debe obedecer.
No hay que querer nada gratuitamente, si se es de alma noble...
Ser verídicos... ¡Pocas gentes lo son!

De esta metáfora de Nietzsche debió partir Ortega para desarrollar la espléndida teoría de la ausencia de hombres veraces.

Os investiré de una nueva nobleza, enemiga del populacho y del despotismo; debéis ser creadores y sembradores del porvenir. Y el fin que persigáis os honrará si os sobrepasáis a vosotros mismos.
Cada vez son menos los que ascienden conmigo sobre las montañas, siempre más elevadas...
Allí está el cansancio de las almas. Hay que precipitar las penas por las profundidades del abismo.
Me agradan los valientes que tienen enemigos dignos.
Solo el más duro es el más noble.
Líbrame de las victorias ruines.
Guárdame para un gran destino. Y conserva tú última grandeza para el fin.
Porque el hombre es el más cruel de todos los animales, asistiendo a tragedias, a combates, a crucifixiones... El hombre es el animal más cruel también consigo mismo.
¿Por qué es tan pequeña tú peor maldad?
¿Por qué es tan pequeña tú mejor bondad?
Vi desnudos al hombre más grande y al hombre más pequeño, eran demasiado parecidos... Aún el más grande era demasiado pequeño.
Es preciso que esté mucho tiempo suspendido sobre la cumbre...
¿Pero... no quieres ascender hoy a una elevada montaña? El aire es puro.
Sí, quiero elevarme hoy a su cumbre.
Cuando Zaratustra llegó a la cumbre advirtió que estaba solo.
Yo soy una fuerza que atrae, que levanta, que eleva... un educador, un conductor... Por eso estoy aquí, astuto sobre las altas montañas.
Hoy he podido escalar a ésta cumbre alta.
Bienvenido seas adivino del gran cansancio.
Si alguien buscase aquí al hombre superior y subiera hasta ésta altura, subiría en vano.
Por eso he subido a éstas montañas, para celebrar una fiesta como conviene: piadosos recuerdos, canciones y rezos... Yo amo la mirada transparente y el hablar claro.
Y una vez más Zaratustra recorrió montes y cimas, bosques y caminos..
Soy un viajero desde hace mucho tiempo; siempre en camino, pero sin morada... siempre errante empujado por el torbellino de todos los vientos. Y nunca me ha dado miedo ninguna prohibición.
Y Zaratustra siguió caminando, pero no encontró a nadie, y permaneciendo solo no hacía en todo momento sino encontrarse a sí mismo. Disfrutó de su soledad, y la saboreó pensando agradablemente, leyendo en su alma y buscando al hombre superior...
¡Superar hombres superiores las virtudes ruines!... las prudencias mediocres... tenéis valor, no el valor delante de los testigos, sino el valor de los solitarios, el valor de las águilas:

Tiene corazón quién conoce el miedo y quién domina el miedo en el abismo

Os mostraré los senderos más fáciles, a vosotros que marcháis errantes, perdidos por las montañas... pero será preciso que perezcan más de vuestros mejores hombres,para que el destino sea más duro, pues solo así crece el hombre hacia la altura.
El populacho no sabe lo que es grande, ni lo que es recto, ni lo que es honroso.

También esta metáfora de Nietzsche influyó en Ortega la idea de su libro La Rebelión de las Masas.

Solo tienen valor los pensamientos que llegan a la mente mientras caminamos.
¿Espiritualizar las pasiones? ¿Cómo espiritualizar, embellecer, divinizar los deseos?
La espiritualización de los grandes deseos, los sexuales entre otros, se denomina amor.
El hombre es el ser que debe superarse a sí mismo.
El hombre es una ruta hacia nuevos horizontes.
El hombre es un acreedor del porvenir.
¿El hombre nos salvará del pasado?
El hombre es para mi demasiado imperfecto.
El hombre debe ser superado y no retornar a la animalidad.
El hombre es solo una cuerda tendida entre él y el superhombre.
Su grandeza es pasar sobre esa cuerda el abismo que lo separa del superhombre.

La grandeza del hombre está en la posibilidad de que él, con valor, esfuerzo y superación, pueda cruzar por esa cuerda, la posibilidad de ese tránsito al más allá.

Lo que hay de digno en el hombre es un tránsito y un crepúsculo.
Amo a quién derrocha su alma.
Amo a quién de su virtud hace su destino.
Amo a aquél cuya alma le hace olvidarse de su destino.
Amo a ese rayo que se llama superhombre.
Del peligro has hecho tú oficio.
Quiero enseñar a los hombres el sentido de su existencia.
Quiere escrutar los horizontes y mirar más allá de la belleza.
La vida quiere elevarse, y al ascender superarse.
Cuando realicé lo más difícil celebré la victoria contra mí mismo.
He visto morir todas las visiones y todos los consuelos de mi juventud.
¿Cómo ha resucitado mi alma de tantas muertes?
Nos hemos cansado demasiado para morir.
¿Cómo soportaría yo ser hombre, si el hombre no fuera también poeta?
Amo a quién de su virtud hace su destino.
A quién posee alma profunda aún en la desgracia.
Solo amo lo que se ha escrito con la propia sangre. La sangre es espíritu.
Quién escribe con sangre no quiere solo ser leído, sino que se le aprenda de memoria.
El camino más corto sobre las montañas va de una cima a otra.
Quién se cierne sobre las altas montañas se ríe de todas las tragedias de la vida.

La práctica del alpinismo difícil constituye una conciencia del ser que se sobrepone a todas las circunstancias dramáticas de la existencia.

Quiero ver otros horizontes y mirar más allá de la belleza. ¡Por eso necesito las alturas!
Por eso es preciso que regrese a mi soledad. Solo ahora recorres tu camino de grandeza. Ahora se confunde la cumbre y el abismo, en tu camino de engrandecimiento.
Sea cual sea mi destino, sean cuales sean las vivencias que aún haya yo de experimentar, siempre habrá en ello un caminar y un escalar montañas: en última instancia uno no tiene vivencias más que de sí mismo.
Esa dureza es necesaria en todo aquél que escala montañas.
Ir más allá, sosteniéndose por encima de la nada.

Aquí Nietzsche, igual que en los pensamientos anteriores, está definiendo magistralmente la actitud primordial del escalador y del alpinista.

Para ascender hay que pasar sobre uno mismo: más allá, más arriba, hasta que las estrellas queden abajo.
La cima es para mí mirar hacia mí mismo viendo las estrellas. Así hablaba Zaratustra mientras escalaba.
Solo el valor mata al vértigo, al borde de los abismos, elevándonos hacia nosotros mismos.
He aprendido a escalar; he trepado a elevadas cimas para sentarme sobre los mástiles del conocimiento.
Mi mirada va hacia la cumbre mientras mi mano se agarra para sostenerme... en el vacío.
¡Estáis vosotros, los sabios y los prudentes, muy lejos de lo que es grande! El superhombre os parecería espantoso por su bondad.
Cualquiera que fuese mi destino, el camino será para mí una ascensión. Soy un escalador de montañas,

se decía Zaratustra, pensando en las numerosas montañas que había escalado en su juventud

¿Y en dónde no se hallará el hombre al borde del abismo?
¡Hoy quiero ascender a la montaña! Allá arriba quiero verificar mi ofrenda: Transformarme en lo que soy.
Yo busco al hombre superior. Y allá arriba está el camino. Yo busco al veraz, al sencillo, al recto. A alguien con mirada transparente...
Tiene valor quien contempla el abismo con ojos de águila, quién conoce el miedo y lo domina mirando al abismo.
Yo también he aprendido a escalar con agilidad y con cuerdas ascendiendo a las cimas del conocimiento.

Ultimas consideraciones

Llevo varios años estudiando a Nietzsche, y sigo impresionado por la fuerza de sus metáforas que hay que esforzarse en entender, creyendo que algunas de ellas ejercieron una extraordinaria influencia en el desarrollo del eminente Ortega, y fueron el germen de sus ejemplares y veraces construcciones de pensamiento que tanta influencia tuvo en los ámbitos culturales de España y de la América hispana durante más de la mitad del siglo XX.
Nietzsche fue el genio que iluminó a Ortega, quien por el contrario no se dejó llevar por la rebeldía contra la razón, quizás por el imperativo cronológico que le tocó vivir, en una época en la que se suponía superada la metafísica en Europa, inclinándose más por la fuerza del vitalismo de Bergson.
Los extraordinarios recitales, verdaderas obras maestras del predicador metafísico de Nietzsche, que hemos podido entresacar de su legado de lucha contra la racionalidad y que hemos expuesto tienen reflejo en los pensamientos orteguianos tales como: «¿Que es más importante el camino o la cumbre?».
La influencia de Nietzsche se dejó sentir en Ortega, en su concepción deportiva de la vida: la vida es una aventura, el drama de la vida, el deporte es una actitud ascendente... y tantas otras ideas raíces de su espléndido pensamiento, combinación y mezcla de racionalidad y vitalismo, pero acusando los destellos de los ecos nietzscheanos, que siempre apuntaron a la escalada de la montaña:

Lo deportivo es lo hecho libremente, por pura complacencia...
El sublime ademán deportivo...
Los resultados del deporte comprenden desde la santidad religiosa a la creación artística...

Ecos que tanto sedujeron a la juventud intelectual y estudiosa de su tiempo.
Martín Heidegger impactó también en el pensamiento de Ortega con su difícil Ser y Tiempo, en 1927, qué tanto nos induce a pensar en la esencia de la existencia, buscando la hondura del ser.
Los sonetos de Rilke, estudiados y descifrados por el genio de Heidegger, también nos llevan a las montañas, a ese estar sin «cobijo» sintiendo la inseguridad y el dolor que nos acerca al «ser», como ocurre en los duros «vivacs» de los alpinistas a la intemperie, colgados sobre el vacío en las grandes montañas.

Alguien tendría que elevarse por encima para poder describir lo que la mayoría de los humanos no puede ver.

Heidegger emprendió el análisis de la poesía de Rilke partiendo del famoso verso de Hölderlin:

Y para que poetas en tiempos de desastre...

El poeta es quién puede reencontrar el camino, buscando el renacimiento del «ser» en el riesgo. Lo que nos salva es estar en sin «cobijo».
Y nuevamente Heidegger recurrió al magnífico verso de Hölderlin:

Allí en donde está el peligro, nace también lo que salva,

A mi entender raíz y fundamento filosófico del gran alpinismo de los siglos XIX y XX.

Alguien tendría que volar para decir a los demás lo que desde arriba se contempla: el camino, el sol, la verdad.


- ARTÍCULOS DE CÉSAR PÉREZ DE TUDELA

1 comentario :

  1. Hola. ¿Esta entrada pertenece al libro que se muestra al inicio o es un texto en referencia a ese libro? ¿O es un texto totalmente independiente?

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