CITAS Y AFORISMOS
"Es una experiencia verdaderamente fascinante, te olvidas de todo, de todas las preocupaciones, de todos los problemas, toda tu atención se centra en no caerte, es un deporte en el que interviene todo el cuerpo. Produce una enorme sensación de libertad sentirse tan cerca de las rocas, de la naturaleza, de las montañas, cuando alcanzas la cima sientes tal felicidad que quieres volver a experimentar esa sensación lo más a menudo posible".
Leni Riefenstahl

lunes, 20 de febrero de 2012

- LA ESCALADA DE 1938, POR ANDERL HECKMAIR (PARTE PRIMERA-CAPÍTULO V DE VIII)

LA ESCALADA DE 1938
Por Anderl Heckmair



Desde hace unos días permanezco inactivo en el refugio de Gaudemaus, en el Wilder Kaiser, esperando a Ludwig Vörg a quien deseo unirme este año para la realización del gran proyecto.
La tormenta va a azotar de nuevo la pared norte del Eiger y esperamos que esta vez podremos conquistarla. El número de víctimas es ya demasiado grande y esto no debe haber sido en vano.
Por esta razón espero aquí el día del solsticio, el domingo 19 de junio de 1938, a mi camarada en esta lucha. Queremos empezar aquí el entrenamiento indispensablemente necesario para llevar a cabo un proyecto de tal envergadura, no sólo para fortalecer nuestros músculos y tendones para tan extraordinario esfuerzo físico, sino también la confianza en nosotros mismos y la fría tranquilidad junto con la firme voluntad hasta el máximo extremo. Pues de lo más seguro que se debe sentir un escalador es de sus nervios, cuando emprende una tal empresa en territorio desconocido. La inesperada visión de un abismo de 1.000 metros no debe provocar el más ligero temblor anímico y, por ello, es el Wilde Kaiser el mejor lugar para entrenarse.
A menudo se le ha denominado ‑y en verdad con acierto ‑ la Escuela Superior de los Escaladores. El Kaiser es una montaña cerca de Kufstein, en la cual, especialmente en la zona que se denomina Wilde Kaiser, las paredes de la roca, de forma increíblemente unísona, se alzan verticales en una altura de 400 hasta 600 metros. Unicamente quien posee una perfeccionada técnica de escalada y está dotado de un dominio total sobre su cuerpo y sus nervios, puede escalar estas paredes.
Esta es nuestra zona de entrenamiento y aquí espero a Vörg pero ¡el tipo no se presenta!
Allí están a punto los amigos de Kufstein para ayudamos a transportar hasta la cumbre la pesada carga para encender el fuego del solsticio.
Escalo por primera vez este año: En este año de la unión de Austria al Reich, el fuego arderá en acción de gracias cuando rompa la oscuridad, sobre todas las cumbres, hasta en los lugares más difíciles de escalar del Wilde Kaiser.
Hoy se me aparece como un símbolo el hecho de que exactamente, en este día, realizase mis primeros ejercicios de escalada como entrenamiento para la gran pared.
Transcurren el lunes y el martes. Vörg-Wiggerl no aparece aunque, tal como convinimos, hace mucho que debería estar ya aquí. Con sensación de desengaño voy haciendo, entretanto, fáciles recorridos.
De hecho, no conocía personalmente a Vörg. Con ocasión de una marcha de resistencia durante los Campeonatos de Esquí de Baviera, lo conocí por breves instantes una vez en 1929; era entonces un simpático chaval de 16 años. Desde aquel día, no le había vuelto a ver nunca más. Pero durante este tiempo había oído algo sobre él por mediación de amigos y a través de algunas publicaciones, así que finalmente no estaba seguro de si era el mismo jovencito de entonces o quizás otro completamente distinto.
Su nombre apareció por primera vez en relación con una expedición al Cáucaso en el año 1935. En 1936 se encontraba de nuevo en el Cáucaso y tuvimos ocasión de oir hablar de grandes éxitos, del primer recorrido de la pared oeste del Uschba de 2.000 metros de altitud, del cruce del Ullutautschanna y muchos otros más.
Debían ser muchachos con poderoso ímpetu para permanecer colgados en el hielo días y noches enteros. Vörg y Rebitsch vinieron a Grindelwald en 1937, exactamente el mismo día, en que yo, después de cuatro semanas de asedio en la pared del Eiger, abandonaba la lucha por esta vez, pues soy de la opinión de que después de ese tiempo se ha acabado el efecto del entrenamiento especial para esa pared. Después de sus igualmente infructuosos pero más desoladores intentos, me enteré en invierno de que Vörg había sido destinado en 1938 para una expedición al Hindu‑Kusch.
Así pues, Hias Rebitsch quedaba libre para el Eiger. Inmediatamente me puse en contacto con él. En seguida nos pusimos de acuerdo para realizar un ataque conjunto a la pared del Eiger, pero el hombre propone y Dios dispone.
Llamaron a Hias a participar en la expedición al Nanga‑Parbat. Me lo hizo saber con enorme pesar pues ello malograba nuestro proyecto.
Pero nadie habría titubeado, si se le hubiese presentado una oportunidad tan extraordinaria de poder tomar parte en esa lucha.
En su carta, no obstante, añadía que debía intentar contactar de nuevo con Vörg pues su aventura del Hindu‑Kusch no era del todo segura. Así lo hice y recibí respuesta inmediata indicando que le encantaría acompañarme en caso de que su otro proyecto no siguiese adelante. Lo del Hindu Kusch no se llevó a cabo, así que nos pusimos de acuerdo, naturalmente todo por escrito, para entrenarnos ahora en el Kaiser.

Y ahora estoy sentado aquí en el refugio, desde hace casi una semana, y ni rastro de Vörg.
Quizás le haya salido por fin su otra aventura. ¿Qué debo hacer? Ante todo no dejar de hacer recorridos aunque sea solo.
Subí por la ladera sur hasta el Karlspitze, puros peñascos con abundantes flores, en medio me tuve que colgar un par de veces y me sentí satisfecho de todo. Por la tarde volví paseando al refugio y ante él, súbitamente, encontró de pie a dos alpinistas que, llenos de expectación, me aguardaban. Ambos eran más bajos que altos. Uno flaco, el otro gordo.
Había algo en el gordo, que me hizo entrever al auténtico montañero. Tenía que ser Vörg‑Wiggerl por fin.
¡Y en verdad lo era! La presentación fue corta y cordial. El otro era su hermano. Actuamos exactamente como si hubiésemos estado juntos desde mucho tiempo atrás. De vez en cuando, nos mirábamos larga y profundamente a los ojos y cada uno de nosotros tenía sus profundas reflexiones.
Mucho habíamos oído el uno del otro, para tener la más mínima duda de quien era quien. Y sin embargo, era un poco peculiar hallarse en frente del hombre, con quien de tal modo se quería estar unido en la vida y en la muerte. Esa misma noche llegaron todavía un par de camaradas de Munich, que permanecieron varios días.
Nuestro proyecto, sin embargo, siguió siendo un secreto celosamente guardado. Unicamente Mamá María, la guarda del refugio de Gaudeamus, lo sabía - o mejor dicho, lo presentía ‑ y aunó sus cuidados a los nuestros. Catorce días permanecimos allí realizando recorridos de todas clases. Pero ocurrió que nunca fuimos juntos, ni siquiera por la misma pared, sino que cada uno fue con otro camarada. Unicamente el último día, durante el recorrido más difícil de todos, la cara este del Karlspitze, nos atamos juntos a la cuerda.
Nunca había tenido un camarada que fuese tan opuesto a mí y con quien, sin embargo, coincidiese tanto, como con Wiggerl. Ese fue uno de los factores de nuestra victoria.
Fijamos el día 10 de julio como el de partida hacia Suiza. Ya una semana antes fuimos a Munich y realizamos los últimos preparativos, sobre todo completando definitivamente nuestro equipo. Para ello fueron de mucha ayuda precisamente las experiencias de Wiggerl de sus últimos años de escalada. En oposición a todos los intentos realizados hasta entonces y a nuestra opinión anterior, enfocamos toda la preparación de nuestro equipo basándonos en el hecho de que la pared norte del Eiger es una pared de hielo, no de roca, interrumpida únicamente por neveros. Lo más importante era, en primer lugar, procurarse estribos y clavijas para hielo y roca.
Todos nuestros predecesores habían utilizado más clavijas para roca que para hielo. Nosotros lo variamos por primera vez y nos hicimos fabricar doble cantidad de clavijas para hielo que para roca, en tamaños y grosores muy variados y con longitudes entre 15 y 40 centímetros.
Hasta el momento no nos habíamos visto bendecidos con provisiones mundanas y el par de Marcos que poseíamos, los necesitábamos para los Francos Suizos que habíamos pedido. Ningún club alpino nos proporcionó tipo alguno de subsidio porque nadie quería subvencionar una empresa de tan alto riesgo y cargar sobre sí, de este modo, con la responsabilidad moral.
¡La ayuda vino en el último momento del Ordensburg Sonthofen!
Justo entonces estaban buscando escaladores como Monitores de Deporte. Ambos nos apuntamos y en el mismo instante pedimos una demora porque teníamos un gran proyecto en marcha. La respuesta no se hizo esperar: "Solicitud aceptada. ¡Buena suerte en su proyecto! ¡Si les falta algo para completar el equipo, encárguenlo a cuenta del Ordensburg!"
¡De dónde sacaban esa confianza en nosotros! No lo sabíamos, pero rebosantes de júbilo nos precipitamos en la tienda de deportes Schuster y encargamos y compramos como siempre habíamos soñado: sin tener en cuenta el vil dinero. Sólo lo mejor de lo mejor y de lo que no había en el momento pedimos fabricación especial.
Tengo un primo en Munich que puso su casa a mi disposición. Paquete tras paquete
fue trasladado allí hasta que finalmente nos atemorizó el pensamiento de tener que llevar nosotros todo aquello.
Y llegó el momento de hacer el equipaje.

No queríamos que en Suiza se diesen cuenta de que éramos escaladores, así que lo metimos todo en la maleta, hasta las mochilas. Ya nos había sido desagradable el año anterior ser dados a conocer como candidatos al Eiger.
Por fin teníamos ante nosotros cuatro maletas llenas hasta los topes. La que contenía el material de escalada pesaba ella sola, un quintal. Los piolets no nos cupieron y nos los llevamos debajo del brazo.
Como habíamos programado, partimos el sábado, 10 de julio. En Munich se celebraba el "Día del Arte Alemán". Hacía un año, exactamente ese mismo día, había regresado yo de Suiza sin cosechar el éxito. Entonces nos habíamos decidido demasiado pronto, pues en junio y hasta principios de julio, se dan en la pared norte del Eiger tales torrentes a consecuencia de las avalanchas y aludes que ocasionan los desprendimientos de rocas, que no hay ni que pensar siquiera en un ataque en esta época. Además, un cambio de tiempo puede ocasionar condiciones invernales que, a estas alturas del año pueden conducir directamente a una catástrofe.
Esta era la razón por la que, intencionadamente, habíamos empezado tan tarde nuestro entrenamiento y tras buena reflexión, fijado nuestra partida para ese día. Nuestra opinión al respecto se vio tristemente confirmada, pues dos italianos, Bartolo Sandri y Mario Menti, habían intentado escalar la pared en el momento crítico y perecieron víctimas de una tormenta.
No fue fácil permanecer fieles a la fecha señalada pues Wiggerl recibió noticias, por amistades que había hecho en Grindelwald durante su estancia en el Eiger el año anterior, de que mientras nosotros estábamos todavía en el refugio de Gaudemaus, cuatro vieneses se hallaban ya en el Eiger y comenzaban a atacar la pared. Entre ellos se encontraban Kasparek y Harrer, cuya reputación ya conocíamos. Sin embargo, no perdimos la calma y nos atuvimos a lo que nos habíamos propuesto y determinado. Si nuestro proyecto se iba a pique y se nos anticipaban al escalar la pared, significaba sencillamente que el destino estaba decidido de forma diferente. Mantuvimos esta decisión con tal obstinación que nos maravilló a nosotros mismos.
El padre y el hermano de Vörg nos acompañaron a la estación. El padre, él mismo un viejo escalador, debió sentir sin duda una sensación especial en tanto pudo seguir a su hijo con la vista, pues conocía suficientemente lo peligroso de la empresa.
No estábamos solos en el tren. Otto Eidenschink, que había estado con nosotros en el refugio de Gaudeamus y Henri Sedlmayer, el hermano de Max Sedlmayer, que sucumbió en 1935 en esa pared, también se encontraban en él, pero únicamente hasta Immenstadt donde hacían transbordo hacia Sonthofen. También procedían del Ordensburg, pero tenían que participar en un curso de capacitación que empezaba justo en este momento. A nosotros nos esperaba un tipo diferente de curso de capacitación. Si lo resistíamos, también habríamos probado que éramos alpinistas.
En Zurich pasamos la noche en casa de uno de mis amigos suizos. Al día siguiente nos abastecimos de algunas provisiones y artículos sanitarios que habíamos olvidado en Munich. Entre ellos, en especial, algodón térmico.
Alguien me había hablado de él. Se trata de un algodón de aspecto rosado que las personas reumáticas colocan sobre las partes donde padecen esta enfermedad, con lo que sienten su piel quemar como fuego. Yo pensé que donde quema no puede uno helarse y congelarse y en consecuencia compré un paquete enorme.
El primer día en Suiza fue lluvioso, lo que no nos hizo apresurar a proseguir el viaje. No abandonamos Zurich hasta el día siguiente. La tarde del 12 de julio llegamos a Grindelwald.
La atmósfera estaba clara. La primera mirada fue para la pared, todavía estaba condenadamente blanca. Parecía imposible que en ese instante pudiese haber alguien en ella. Pero eso nos quitó un gran peso del corazón. En ese momento nos encontrábamos en las mismas circunstancias que cualquier otro rival, pero con la ventaja de que, primero, acabábamos de entrenarnos a fondo, segundo, éramos los que conocíamos mejor la pared y, tercero, probablemente a causa de nuestra experiencia y gracias al apoyo del Ordensburg, llegábamos con el mejor equipo. Todo ello nos produjo un sentimiento de total seguridad. Unicamente escaseábamos un poco de Francos, pero eso no nos preocupa en absoluto. En caso de necesidad poseíamos aquí algunas buenas relaciones, a las que no deseábamos acudir de no encontrarnos en apuros y nos encaminamos a una pequeña y modesta pensión en la que Wiggerl ya se había alojado el año anterior. Una piadosa mujer, que rezó mucho por nosotros, nos alimentó también estupendamente (¡lo que nos gustó mucho más!). Nuestro principal apoyo en Grindelwald fue la señora Dr. Belart.
Naturalmente teníamos prisa por atacar la pared. Establecimos el campamento base en el mismo prado maravilloso en que Rebitsch y Vörg habían plantado sus tiendas el año anterior. Todavía se podían distinguir los canales que habían abierto alrededor de las tiendas para protegerse de las riadas. La base de baldosas seguía asimismo allí intacta. En un santiamén Wiggerl montó la tienda exactamente en el mismo sitio, mientras yo iba a recoger leña. Al principio no presté atención a la leña menuda que se desparrama a montones por los alrededores, sino que arrastró gruesas ramas y grandes troncos. Entonces empecé, con la ayuda de mi piolet, a repartir golpes a ciegas, con el resultado, después de cinco minutos, de que el mango se rompió con estruendo y la punta salió disparada. Puse cara de bobo y Wiggerl sonrió irónicamente de forma significativa. Ya no era posible escalar la pared al día siguiente. Afortunadamente, poseíamos un tercer piolet de reserva, pero debíamos regresar a Grindelwald para recogerlo.
Este retraso no nos fue, dicho sea de paso, fastidioso, pues nos habíamos dado cuenta de que todavía nos faltaban diversas menudencias. Además no habíamos pensado en los cubiertos y, a la larga, el comer con los dedos ‑especialmente cuando preparábamos puré de copos de avena ‑ era desaconsejable porque la pegajosa papilla quedaba enganchada de tal modo entre los dedos, que teníamos que lavarnos demasiado a menudo. El tiempo tampoco era como nosotros deseábamos. Por todo ello, muy a gusto dejamos que pasaran un par de días más.
Dormimos mucho mejor en la tienda, pues teníamos colchones de goma, en un maravillosos saco de plumón y allí nos encontrábamos mucho más a gusto que en la mejor cama de un hotel. Por ello nos dimos prisa en subir al campamento nuevo, en cuanto acabamos de comprar todo lo que nos faltaba.
El día siguiente fue extremadamente lluvioso. Como nos habíamos acostado a las siete de la tarde, a las 10 de la mañana nos encontrábamos totalmente despejados. Aunque la lluvia golpeaba agradablemente el techo de la tienda (el repiquetear de la lluvia es agradable porque cuando uno se despierta puede darse cómodamente la vuelta y seguir durmiendo como si tal cosa), el hambre nos hizo salir de nuestro cálido saco. Después del desayuno sentimos un incomprensible deseo de trabajar. Empezamos a poner el campamento a punto.
Como queríamos proteger nuestra ropa de la humedad, nos desnudamos completamente, volvimos a la tienda a dejarla y corrimos de un lado a otro desnudos como los indios. Pero, como en semejantes condiciones pronto tuvimos frío, nos pusimos a trabajar como locos para entrar en calor. Lo primero cavamos el foso alrededor de la tienda. Con tanto esmero lo hicimos que quedó tan profundo que necesitamos un puente ante la entrada de la tienda. Wiggerl arrastró grandes losas y yo las fui colocando artísticamente. Como también sabíamos apreciar lo bello, pronto la parte que quedaba justo delante de la tienda nos pareció horrible, pisoteada como estaba, así que la cubrimos también de losas, entre las que plantamos hierba y, de este modo, conseguimos una magnífica terraza.

Cerca de allí había un pantano con un pilón de una fuente, que se había desmoronado. Lo reconstruimos de manera que hasta podíamos bañarnos en él. Desagüamos el pantano mediante canales y tendimos un puente sobre él a base de troncos de árboles sobre los que colocamos placas de hierba. Después de este trabajo teníamos un aspecto bastante sucio, salpicados de barro de la cabeza a los pies. Esa fue una buena razón para inaugurar nuestro baño al aire libre. Después hicimos la comida y comimos. Como entretanto el cielo se había vuelto a oscurecer y estábamos agradablemente cansados, nos deslizamos dentro de la tienda.
El sábado 17 de julio empezó a aclarar el tiempo, pero gruesas nubes seguían cubriendo la pared. ¡Buena señal, cuando no aclara de golpe!
El lunes volvimos a bajar a Grindelwald. Todavía se nos habían ocurrido algunas provisiones que podíamos necesitar en la pared.
Hasta el momento, no habíamos visto ni oído nada de nuestros rivales. Pero esta vez nos dimos de manos a boca con uno, y precisamente FreissI, un vienés, que estaba sentado delante de la oficina de Turismo, en la que nosotros estábamos estudiando la previsión meteorológica. Wiggerl le conocía de la expedición al Cáucaso. Wiggerl llevó la conversación. Freissl nos ofreció la valiosa información de que precisamente ese día, Kasparek y Harrer habían subido a explorar la pared.
¡Ahora ya nada podía pararnos! Inmediatamente, ascendimos de nuevo a nuestro campamento y fijamos el plan de ataque de la pared. Lo primero una opípara comida, después dormir bien y mucho, luego recoger las cosas y partir al mediodía. El plan fue fielmente seguido. Nos levantamos alas 10, yo me puse a cocinar y Wiggerl comenzó a recoger cuidadosamente cuanto debíamos llevarnos a la pared: 20 clavijas para hielo, 30 clavijas para roca, 15 mosquetones, 2 piolets de hielo, 1 hacha, 1 martillo, crampones, 2 treintas, 60 metros de bogas, 1 hornillo y un litro de petróleo, 1 paquete de pastillas para encender el fuego, vendas, botas para roca, para cada uno dos pares de calcetines, doble muda, 2 pullovers, 1 camisa de repuesto, 2 anoraks, paranieves, pantalones para nieve, capelinas, cordino, pasamontañas, 2 pares de manoplas. Las provisiones constituyeron otra cuestión que nos provocó muchos quebraderos de cabeza. Recopilamos todas nuestras experiencias y le dimos mil vueltas al asunto. Por
último creímos haber encontrado la combinación exacta.
En primer lugar cosas bebibles para cocinar: chocolate, cacao, té, café, leche condensada con y sin azúcar, 3 kilos de azúcar en terrones, glucosa, galletas, pan, bacon y sardinas en aceite. Wiggerl rechazó estas últimas pero yo insistí en ello, lo que más tarde me hizo maldecir una vez en la pared. Entretanto no dejábamos de alzar la vista al cielo.
Por la noche dormimos tranquila y profundamente. No nos levantamos hasta las 9 de la mañana. La mañana se pasó cocinando y empaquetando las cosas que habíamos preparado la tarde anterior. A continuación comimos con vehemencia cuanto pudimos y a las 12'30 estábamos listos para partir.
Un ligero temor se apoderó de mi en el momento de levantar la mochila. ¡Casi 20 kg.! La de Wiggerl pesaba lo mismo. Me parecía casi imposible poder escalar con ella. Pero no podíamos desprendernos de nada. Suspirando, cargamos a la espalda el pesado fardo y comenzamos a ascender lentamente la escarpada ladera que conducía al nevero que acababa en la pared. Tuvimos que descansar un par de veces para tomar aliento.
Mi estado de ánimo estuvo a punto de derrumbarse pues no imaginaba cómo íbamos a poder arreglárnoslas en la pared con nuestras mochilas. Wiggerl tenía ya experiencia en este tipo de situaciones y me animó, diciéndome que el peso se reduciría ya después del primer vivac pues al levantarnos deberíamos conservar puesta toda la ropa y que, además, uno se iba acostumbrando.
El nevero ascendía de forma muy empinada y los aludes que habían ido cayendo sobre su superficie le habían presionado duramente. Esto nos alegró, pues nos proporcionó la oportunidad de calzarnos los crampones, lo que notamos inmediatamente en el peso. En el camino, Wiggerl explicó algo de una chimenea con un bloque incrustado en ella, que se hallaba justo al final de la primera faja de nieve que conducía a la pared. Pero no veíamos ni rastro de una chimenea con un bloque. Únicamente una escarpada estría de nieve. ¡Lo que significaba que había mucha más nieve en la pared que el año anterior por la misma época! Algo agradable que nos permitió ascender muy rápidamente con nuestros crampones.
Después de 300 metros hacia la izquierda (mirando en sentido de nuestra ascensión) llegamos al primer pilar. A partir de aquí penetrábamos ya en la roca, que tomaba más o menos la forma de terrazas escalonadas. Aquí encontramos ya el mango roto de un piolet, pocos metros más allá una mochila rota y a continuación varias menudencias. Pero no nos detuvimos a investigar más a fondo, pues sabíamos que en la pared reposaban todavía dos muertos y no queríamos turbar su paz, para que ellos no turbasen la nuestra. ¡Pero nos propusimos volver a buscarlos una vez hubiésemos acabado con la pared! Desgraciadamente, este año no hemos podido convertir en realidad este propósito.

Entretanto, habíamos alcanzado el segundo pilar agrietado. Hacía rato que nos habíamos quitado los crampones. Pero ahora la roca presentaba mayores dificultades e inmediatamente empezamos a percibir las molestias de la mochila. Un pequeño saliente; Wiggerl ya lo había sobrepasado pero yo no podía conseguirlo. Finalmente, atamos los sacos aparte. Entonces todo se hizo más fácil. ¡Pero nos había llevado mucho tiempo!
Encima del pilar encontramos una pequeña cueva. ¿Qué encontramos de nuevo? Se trataba de una mochila llena de la que colgaba la siguiente nota: “¡Por favor, no tocar, pertenece a Kasparek y Harrer!" "¡Ajá!, ya llegaron aquí y han dejado parte del material. Así que tenemos la certeza de que han vuelto a bajar. ¡Subiremos un par de largos de cuerda y mañana nos podrán buscar con el hornillo!"
Pero los siguientes largos no fueron fáciles en absoluto. Del segundo nevero bajaba directamente una cascada y no se veía ningún lugar adecuado para vivaquear. Así que preferimos deshacer lo escalado y pasar la noche en la pequeña cueva. Lo cierto es que allí también caían gotas ininterrumpidamente, pero Wiggerl mantenía: “¡Esto cesará si hace frío de verdad!" Frío hizo, pero las gotas no cesaron de caer. Yo me tumbó en el fondo, donde goteaba más y una piedra me apretó constantemente los riñones. Wiggerl se echó afuera en el borde, sin atarse tampoco; por lo que no me atreví a hacer ningún movimiento, y mucho menos a girarme pues me horrorizaba pensar que mi amigo, al más mínimo empujón, perdiese el equilibrio y cayese. Así que la primera noche en la pared no fue demasiado atractiva, pues el constante goteo sobre la cara y la nuca se me hizo pronto bastante desagradable.
Debían ser las 4 de la madrugada cuando nos arrastramos fuera e hicimos el café. El cielo no se había despejado gran cosa de nubes y el tiempo, o mejor dicho las previsiones meteorológicas, no eran alentadoras. A lo lejos parecía que el amanecer ardiese con un rojo intenso y nubes negras que recordaban peces voladores delimitaban el horizonte. "Veamos el altímetro. ¡Santo cielo, también ha aumentado 60 metros!" Esto significa que el barómetro ha descendido 3 rayas".
Nuestro estado de ánimo era cada vez menos optimista. Wiggerl empezó a decir con precaución: “¡No tengo la más mínima intención de abandonar!" Yo añadí que eso tampoco era de mi agrado, pero necesitábamos ante todo buen tiempo. Un refrán dice: "Si en el cielo se acumulan nubes con forma de pez, ¡ten la seguridad de que lloverá en las próximas 24 horas!" Mientras recitábamos este antiguo refrán acabamos de recoger, todo para dejarlo también allí y volver a salir a la pared.
Atamos las mochilas con una cuerda y ya estábamos dispuestos a empezar el descenso cuando, de repente, a la derecha del pilar, sobre un nevero lateral surgió una figura. E inmediatamente una segunda. Nada contento gritó hacia abajo: "¡Hei‑joh!" El alpinista me respondió con el mismo grito. A los pocos minutos ambos habían subido hasta donde nos encontrábamos nosotros. Nos presentamos: “Harrer‑Vörg‑Kasparek-Heckmair”, "encantado, encantado".
‑ "¿Han dormido? Sí, pero no demasiado bien”.
‑ "¿Quieren subir la pared???”.
‑ “¡Sí! Por lo menos debe conseguirse una vez. Ya hace 5 semanas que dormimos en un establo y en la tienda. Ahora ya no nos queda más que 1´50 francos. Creemos que el tiempo será bueno. ¡Empezamos!"
‑ "¡El tiempo no parece que vaya a ser muy bueno! ¡Nuestro altímetro ha descendido!”.
Kasparek respondió con tono de desafío: "Alguien tiene que escalar alguna vez esta pared. ¡Vamos!”
‑ "¿Tú qué opinas Wiggerl, les acompañamos?"
Wiggerl se me quedó mirando: "¿Qué opinas tu???”
Pero de repente apareció un segundo grupo. El vienés Freissl a quien ya conocíamos y Brankovsky. Yo pregunté: "¿Van juntos?”
‑ “¡No, cada uno por su cuenta!"
Los seis permanecimos allí de pie y reímos un poco forzadamente por esta cómica casualidad. Pero la casualidad no era tan grande. Era evidente que todos los grupos que se hallaban desde hacía tiempo al acecho, debían encontrase el primer día bueno y apropiado.
No habría debido asombrarme el que de repente apareciesen más grupos. Pero estos dos ya eran suficientes para mantener en pie nuestra decisión de regresar.
Seis hombres ‑quizás los mejores de entre los mejores ‑ se estorban mutuamente y aumentan los peligros objetivos de tal forma, que indefectiblemente acabarían en catástrofe en esta pared. La distancia desde el primero hasta el último hombre, en una cordada de 6, sería de unos 150 metros. Esto erigiría tal cantidad de tiempo para avanzar que sería imposible de conseguir. El primer hombre no puede proseguir más allá de un lugar difícil, hasta que el último se ha asegurado. Es mejor que dos grupos alcancen el triunfo, que tres la muerte.
Como ya habíamos decidido descender con anterioridad, nos dijimos: Dejemos que el destino siga su curso y descendamos. No sin asegurar a nuestros camaradas que podían contar con nuestra ayuda incondicional en el caso de que ocurriese algo.
Durante el descenso, el tiempo fue mejorando y nuestras caras alargándose. A las 10 nos volvimos a sentar sobre la hierba verde bajo la pared, pensando que mucho más arriba nuestros competidores seguían trabajando. Wiggerl estaba desesperado. Ya no me escuchaba cuando le hablaba. Yo lo veía como un revés del destino, aunque, en mi interior me reafirmaba que habíamos obrado tal como debíamos. Como ya estábamos abajo, decidimos descender directamente hasta Alpiglen y allí observar, con ayuda del telescopio, la marcha de los dos grupos.
En nuestro campamento, nos cambiamos de prisa de ropa y pronto nos encontramos ante el gran telescopio, rodeados por un enjambre de veraneantes que no hablaban de manera demasiado inteligente. Una señora mayor dijo dándose enorme importancia: "¡Ayer por la tarde vi como subían!” (Hablaba de nosotros, que nos encontrábamos detrás suyo. Por casualidad nadie había observado nuestro descenso).
Un guía turístico suizo explicaba a su auditorio: "Son candidatos a la muerte, Contemplen ese árbol (¡!) en esa pared de hielo, allí se encuentran ahora. ¿Hoy llegan hasta allí y mañana hasta allá y entonces deben perecer porque ya no les queda comida ni pueden regresar!”.
Una mujer menuda preguntó: "¿No encontrarán ningún tipo de baya con el que poder alimentarse?"
Todo esto tuvimos que escuchar y, a veces, llegamos a reírnos tanto, que nos olvidamos de la gravedad del asunto. Entretanto, nos apretujamos nosotros también hacia adelante y constatamos con asombro que el primer grupo subía con extrema lentitud. Al segundo grupo ni siquiera lo veíamos. Esto nos puso sobre ascuas y después de algunas horas de constante observación no nos cupo la menor duda: "¡Por alguna razón desconocida han regresado!". El impacto en todo nuestro cuerpo fue el de una descarga eléctrica. "Entonces podemos ascender. ¡Cuatro lo lograremos!”
Inmediatamente telefoneamos a Grindelwald para escuchar el boletín meteorológico. Una ligera baja de presión en el mar Báltico, una ligera baja de presión sobre las Islas Británicas. O sea, que todo era ligero pero la situación meteorológica buena. Ahora lo veíamos todo claro, “¡volvemos a subir!" Con gusto hubiera saltado de alegría. Al mediodía, volvimos a comer bien con la amistosa posadera del Gasthaus Alpiglen, que nos conocía ‑aunque nunca dijo nada a nadie‑, y tampoco despreciamos un par de grandes botellas de cerveza por cabeza. Después una nueva mirada a través del telescopio: Kasparek se estaba abriendo paso subiendo del primer al segundo nevero. Trabajaba como un loco en los escalones. Probablemente carecía de crampones de 12 puntas, y debía tallar escalón a escalón por el siniestro y escarpado corredor de nieve. ¡Un trabajo demencial! A nosotros nos iba bien porque de este modo no nos sacarían una ventaja demasiado grande.
Wiggerl quería volver a subir hasta el hueco donde vivaqueamos. Pero yo protes­té por precipitarnos demasiado Y por fin es­tuvo de acuerdo conmigo en permanecer abajo, con la condición de levantarnos a las 12 de la noche y ponernos en marcha. Yo acepté beatíficamente y asumí la responsa­bilidad de despertarnos a la hora conveni­da. Pero para mis adentros pensé: ¡Ya puedes esperar a las 12.... a las 2 de la madrugada será suficientemente pronto!”.
Por la tarde, nos tumbamos metidos dentro de nuestros plumones, sobre nuestro maravilloso prado, bajo un magnífico árbol pletórico de follaje. Pocas veces me había encontrado yo tan bien. Una gran confianza se había apoderado de nosotros; con nuestro apetito totalmente satisfecho y mucho sueño, nos estiramos y desperezamos en nuestros sacos de dormir. A las 6 hicimos una alimenticia tortilla a la vienesa y como compota tomamos piña que, de hecho, teníamos destinada para celebrar la victoria. Y ello porque nos dijimos a nosotros mismos que la victoria no era segura y nos sabría mucho mejor ahora que todavía estábamos vivos, que después, muertos. A las 7 nos tumbamos dentro de la tienda y nos quedamos inmediatamente dormidos.
A la mitad de la noche, me despertó de un profundo sueño. Seguro que eran ya las 2. ¡Así que arriba! La noche era totalmente fresca y clara. Inmediatamente, nuestras miradas se posaron en la pared. En ese instante, vimos una lucecita brillar en las rocas más bajas del segundo nevero, pero se desvaneció al momento. Como se comprobó más tarde, se trataba efectivamente de nuestros camaradas en la pared que encendían el infiernillo para hacerse té. Según ellos, fue la noche más fría de las tres que pasaron en la pared.
Nuestro desayuno estuvo pronto preparado, cacao con leche condensada y seis huevos crudos encima. Lo calentamos un poco y nos lo bebimos. Esto nos daba fuerzas y proporcionaba ímpetu a nuestros, músculos, cual si se tratase de plumas en el aire. A las 2'45 abandonamos el campamento ayudados por una linterna. Nos fue muy bien que ambos, especialmente Wiggerl, conociésemos exactamente el camino. Durante esa noche, no nos desviamos ni un metro de la ruta y empezaba a amanecer cuando llegamos al nevero, así que escondimos la linterna debajo de una roca (donde seguirá hoy en día probablemente). Cuando penetramos en las rocas era totalmente de día. Con facilidad y rapidez fuimos ganando altura. A las 4'30 nos encontrábamos ya en el lugar en donde habíamos vivaqueado la noche anterior. Entonces nos atamos, sacamos las clavijas de las mochilas y nos pusimos las botas de escalar.
¡Y a por la pared! Nuestras mochilas seguían siendo ciertamente pesadas, aunque habíamos sacado algunas cosas, especialmente mosquetones y clavijas, pues pensábamos que el otro, grupo ya llevaría suficientes. Para nosotros ya estaba decidido que a partir de este momento no debíamos ser competidores, sino un grupo de camaradas en una única cordada.
Aún sin mochilas, se hace muy difícil atravesar la grieta hacia Hinterstoisser, incluso aunque lo haga mucho más fácil las clavijas de anteriores expediciones de rescate de los grupos de socorro en montaña. El izar la mochila requirió, en verdad, un extraordinario consumo de fuerza. Tiraba de la mochila, ésta se atascaba, volvía a tirar, la cuerda se hacía más delgada pero la mochila seguía sin subir. Únicamente al ascender Wiggerl a continuación y darle un golpe con la cabeza para colocarla de nuevo en campo abierto, pude subirla.
Nos propusimos evitar en lo posible este tipo de izamiento con cuerda y nos apresuramos a ganar tiempo en el terreno fácil. El paso de Hinterstoisser, sobre el que antaño descendía ruidosamente una cascada y en el que los cuatro de la expedición de 1936 habían encontrado un fatal destino, estaba ahora seco pero totalmente helado. Una suerte, el que las cuerdas para atravesado se encontrasen todavía allí. Hias Rebitsch y Wiggerl no las habían sacado cuando se retiraron el año anterior. De otro modo, nos hubiéramos pegado un buen hartón de trabajo. ¡Pero ni aún así resultó algo fácil ni seguro!
Seguíamos llevando puestas las botas de escalar para roca y como poco después venía de nuevo roca lisa y seca, no nos podíamos poner los crampones. Pero con las botas para escalar en roca resbala uno despiadadamente sobre el hielo desnudo. Nos vimos obligados a utilizar las rodillas y todo cuanto sirviese para restregar para sobrepasar este lugar tan peliagudo. Traspasar el primer nevero fue, después de esto, comparativamente fácil. A éste llegamos entre las 7 y las 9 de la mañana. En los pies llevábamos de nuevo nuestros crampones de 12 puntas. En el momento en que Wigged, que iba el primero, pisó el nevero, cayó a gran velocidad una lluvia de piedra y hielo, que se había desprendido a consecuencia del otro grupo que estaba tallando peldaños justo en la línea de caída por encima nuestro. No podíamos servirnos de los peldaños que habían tallado el día anterior, pues el agua de deshielo había corrido por la tarde por el nevero. Por la noche se borraron todas las ranuras, hasta las de los mejores escalones. Pero esto no nos importó, pues gracias a nuestros crampones no necesitábamos, prácticamente, ningún tipo de escalón. Únicamente debíamos clavar clavijas para hielo después de cada treinta, porque escalar a esa velocidad sólo con la punta de los crampones resultaba terriblemente pesado para las pantorrillas.
Wiggerl aulló, o más bien prorrumpió en un grito de júbilo “¡Zona de peligro!" y se lanzó hacia arriba como un cohete! Yo utilizaba crampones especiales por primera vez y me quedé sorprendido de como se agarraban y de la seguridad que uno conseguía, incluso en el hielo más empinado.
De hecho duró sólo unos pocos minutos y pronto dejamos atrás el primer nevero. El paso hacia el segundo nevero transcurría sobre una protuberancia de hielo o bien sobre una pared de roca negra y vertical, de 20 metros de altura.
Escogimos la roca. Nos volvimos a quitar los crampones, encordamos las mochilas y entonces la pared no nos pareció ya tan difícil como había aparentado antes. No obstante, era algo inclinada fuera de la vertical y tuvimos que volver a trabajar como negros para conseguir que las mochilas llegasen arriba. A partir de ese instante ya no nos volvimos a salir del hielo, aunque se trataba en realidad de brillante agua helada. Con gran precaución pero también con gran seguridad, comenzó Wiggerl el primero la escalada. Yo le seguí jadeando bajo el peso de la mochila. Habíamos repartido el peso, de manera que siempre el que marchase primero llevase la mochila menos pesada y el que siguiese la que pesara más. A las 11 encontramos las huellas de Harrer y Kasparek. Salían de las rocas que teníamos a nuestra derecha ‑allí habían vivaqueado ‑ y se dirigían, bordeando la parte superior del nevero, hacia las rocas que conducían al tercer nevero.
‑ “¡Mira Wiggerl! ¡Ya los tenemos delante!”
El nevero, mejor dicho, los neveros, que desde abajo no parecían demasiado importantes, cobraban ahora enormes dimensiones. El segundo nevero tendría una longitud de unos veinte largos de cuerda. Los dos que nos precedían habían realizado un trabajo ímprobo tallando escalón a escalón. Ahora subíamos nosotros con la mayor facilidad por esos mismos escalones. Pronto nos encontramos al alcance de la voz. Con alegría, nos entonamos jodlers mutuamente y a las 11´30 del mediodía los habíamos alcanzado. En un primer momento nos mostraron desconfianza, pero ésta desapareció en el instante en que vieron nuestros semblantes. Por el contrario ahora se sentían felices pues había llegado el relevo. Nos estrechamos cordialmente las manos y, a partir de este momento nos convertimos en una sola cordada. “¡Continuaremos juntos y no nos ocurrirá nada!"

¿No es una coincidencia? Un día, dos muniqueses se precipitaron a la muerte junto a dos austríacos. Ahora, dos austríacos caminan hacia la victoria en compañía de dos muniqueses.
Pronto nos encontramos en los escalones de roca que conducían al tercer nevero. Por Wiggerl supimos que deberíamos subir una difícil chimenea. La chimenea se hallaba esta vez completamente helada, lo que para nosotros resultaba muchísimo más cómodo. Así que no tuvimos que quitarnos los crampones. Como medida de seguridad utilizamos unas cuantas clavijas para hielo. Así transcurrió todo el mediodía y a las 2 nos sentábamos todos sobre la parte superior nevada del tercer nevero. Wiggerl señaló la pared: "Allí se hallan clavadas las clavijas de la primera expedición fatal Sedlmayer‑Mehringer. Aquí los descubrió Udet al dar pasadas volando, permanecían de pie en la nieve, congelados, con la mirada apartada de la pared".
Nuestros deseos de conversación disminuyeron un poco, pero no podíamos entregarnos a este tipo de recuerdos. Tallamos grandes zonas para permanecer un rato y nos preparamos ovomaltina con leche, que nos sentó muy bien a todos. Yo mastiqué un poco de bacon pues queríamos comer mucho y disminuir el peso de nuestras mochilas. Pero no me gustó nada. Mi estómago lo rechazó completamente. Así que preferí tomar un par de terrones de azúcar. Me hubiera. gustado tirar todo el embutido y la carne pero nadie podía asegurar que más tarde no se me volviera a abrir el apetito.
El cielo, que hasta el momento se había mantenido sin nubes, se empañó de repente invadido por la niebla. Esto no era en absoluto peligroso y no nos molestó lo más mínimo.
El camino, o mejor dicho la ruta pensada, la teníamos tan firme y segura en nuestra cabeza, que no necesitábamos mirar y meditar la dirección a seguir. En general, esta pared posee la peculiaridad de que todos los competidores que la atacan están de acuerdo, sin haberlo comentado antes en absoluto, en la forma mejor y más natural de escalarla.
Así que los cuatro entramos por la cresta de nieve en la tierra virgen del tercer nevero y atravesamos una franja de hielo totalmente escarpada que ascendía hacia la rampa. La rampa es una garganta tallada en la pared de manera oblicua, uno de cuyos lados parecía relativamente fácil de recorrer ‑demasiado fácil me parecía a mí ‑, y esto me preocupó realmente pues no podía continuar subiendo tan fácilmente hasta la cumbre. Pero pronto me sentí satisfecho por completo, y precisamente de manera más que suficiente.
Siguió siendo así de fácil durante unos 150 metros. Entonces la rampa acabó en un hoyo que únicamente conducía a una chimenea vertical, cuya parte superior se cerraba en una grieta. Un lado de la chimenea era completamente vertical, amarilla y desmoronadiza. En una palabra: ¡impracticable! Sobre el otro lado liso de la pared se escuchaba el murmullo de una cascada, con un sonido tan alegre, que allí habríamos quedado completamente empapados en pocos minutos. Y no nos hacía ninguna gracia vivaquear en ese estado.
En fin, que como ya eran las 7, decidimos que era hora de descansar.
En el hoyo tampoco había nada, pues el fondo era una horrible superficie helada sobre la que incluso bajaba el agua con fuerza. Así que volví a subir al corredor y empezamos a picar la parte superior del hielo. Nos movíamos de un lado para otro sobre una superficie rocosa totalmente abrupta y, además, helada que, apenas 2 metros más abajo, se interrumpía bruscamente. De repente, se levantó la niebla y miramos hacia abajo. El abismo que se abría a nuestros pies nos hizo sentir un ligero escalofrío pese a estar acostumbrados a este tipo de vistas. Por debajo del nevero más lejano, que despedía hacia nosotros una luz completamente azul, podíamos distinguir con toda claridad aún unos 1.500 metros. Ello nos hizo volver a ser conscientes de lo arriesgado de nuestra situación. Con un par de golpes clavamos una fuerte clavija en la roca y, únicamente cuando hubimos clavado las de seguridad, nos encontramos de nuevo medianamente seguros y bien.
Nos pusimos cuanta ropa interior llevábamos. Con especial cuidado desenvolví mi algodón térmico, le di a Wiggerl la mitad, partí de nuevo el resto y me cubrí los dedos de los pies y las rodillas con él. ¡Esto los mantendría calientes!
Wiggerl se contentó con colocar el algodón únicamente sobre sus rodillas. A continuación volvimos a ponernos las polainas, los pantalones y los cubrepantalones. Extendimos las cuerdas, mochilas y el resto de cosas sobre el hielo para utilizarlas de asiento y preparamos el saco de dormir para meternos dentro.

- CAPÍTULO I

- CAPÍTULO II

- CAPÍTULO III

- CAPÍTULO IV

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